210 visitas

Alfredo Guevara en el ejercicio de la crítica.

Notas de Aurelio Alonso para una presentación

Los que aquí estamos reunidos hoy participamos en la presentación de un libro importante (les pido perdón por este lugar común: siempre hay que decir que es importante), pero en este caso sería incluso un error dejarlo pasar como la mera recopilación de las críticas de cine del joven Alfredo Guevara, principalmente en el diario Hoy, órgano de los comunistas cubanos, cuando nadie imaginaba aún que dos amigos cercanos preparaban, para muy pronto, un alzamiento en armas que se volvería definitivo. Este libro se completa, además, de manera indisoluble, con el aporte de tres de sus compañeros más queridos y que mejor le conocieron: es obligado resaltar el descubrimiento en los archivos que Iván Giroud supo evaluar, el cuidadoso trabajo editorial de Camilo Pérez Casal y, de modo muy especial, el estudio introductorio de Manolo Pérez, además de cineasta importante –lo cual todos sabemos– hombre de pensamiento, como Guevara, a quien lo unió, como a los otros dos, una amistad entrañable. En su caso desde 1959 hasta que falleció. Todo esto integrado hace que no solo se trate ahora del rescate de sus primeros trabajos, sino que sea además un libro clave para entender la grandeza de una de las cabezas verdaderamente enriquecedoras del pensamiento de la Revolución Cubana.

La lectura de estas reseñas me motivó a recordar dos episodios pasados de mi vida. A finales de 1963, recién terminaba yo de impartir mi primer año de clases en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana –dentro del más rancio canon manualista soviético, claro está– y recuerdo que un viejo comunista –un clásico hombre de partido– me pidió, sin tapujos, mi opinión sobre la polémica que se había levantado a partir del cine, entre Blas Roca y Alfredo. Yo buscaba en vano una respuesta evasiva porque me sentía identificado con criterios de Alfredo, pero el tejido en que se había iniciado mi formación ideológica no me permitía ignorar la impresión de lo que la gran figura del comunismo cubano significaba. Y mi interlocutor, a quien acababa de conocer, un militante sencillo, pero muy despierto, fijó su posición sin esperar mi respuesta. “Chico –me dijo– pues yo estoy de acuerdo con Alfredo Guevara, porque él es el que sabe de cine. Blas debe haber ido al cine cuatro o cinco veces en su vida, a ver Así se forjó el acero, La caída de Berlín, Cuando vuelan las cigüeñas, La infancia de Iván y para de contar”. Aclaro que lo decía con respeto hacia aquel hombre a quien admiraba mucho. Según me contó, sus puntos de vista eran objeto del reproche de sus viejos camaradas de partido. Aquella experiencia me hizo pensar y se grabó en mi memoria.

De los mismos días también recuerdo el intercambio con otro militante, un “cuadro” más importante por sus responsabilidades, universitario, más ilustrado en el plano teórico que el anterior, miembro del M-26-7, recién llegado al marxismo-leninismo con el paso radicalizador del proceso. En este caso, mi interlocutor se planteaba la disyuntiva de qué debía ser más importante para un comunista, si la “disciplina” o el “heroísmo”, y me explicó cómo había llegado a comprender, en su aprendizaje marxista, que la disciplina tenía que ser la virtud del revolucionario de nuestro tiempo por encima de cualquier otra. Confieso que no tenía yo “hierros” suficientes para responder a la altura de sus argumentos –ni estaba tan seguro de que no tuviera razón–, pero le dejé ver mis dudas por el dato casuístico de que encaramarse al yate Granma no había sido un acto de disciplina. Salió entonces a relucir el socorrido tema de las excepciones y por ahí acabo todo.

Acudo a estas dos vivencias –en la misma fecha, en el mismo lugar, en el mismo partido (PURSC en aquel tiempo)– en las cuales me percaté, al recordarlas con posterioridad, que cada uno de los interlocutores había hecho la reflexión que yo hubiera esperado del otro. Eran dos reflexiones de revolucionarios comprometidos en un proceso que seguía, por un camino sin precedente a una victoria insurrecta sin precedente. Comprometidos los dos, cada uno a su modo, en encontrar respuestas en la parte del nuevo camino se veían en trance de andar. El combatiente del 26 trataba de hallar las virtudes institucionalizables (por llamarle de algún modo) que el heroísmo no le garantizaba más allá de la vida de los héroes. Y con toda razón apuntó a la disciplina. Por otra parte el comunista se percataba de la necesidad de una inteligencia que corría el riesgo de ser bloqueada por la arbitrariedad de una rígida norma partidaria; pienso que se trataba en ambos casos de dilemas surgidos manera natural, como efecto de las dinámicas de integración creadas ya en aquel primer quinquenio de experiencia de cambio social.

Nos hallamos ahora ante un paquete de 83 artículos reveladores, que nos permiten conocer al joven Alfredo y la ruta de su pensamiento político y social. A través de aquellas críticas de cine y otras notas que dejan ver ya el oficio de la escritura profunda, la radicalidad de un compromiso, y un bagaje cultural sorprendente para su edad. Aunque a quienes le conocieron les puede suceder lo que a Camilo Pérez: la sensación de encontrar aquí a otro Alfredo, y asomando de distintas maneras también al que conocieron en el ICAIC, en el mundo del cine y el mundo cultural en el sentido más amplio. ¿Cuán a menudo podríamos sorprendernos  en la trampa de creer que potenciamos una convicción anteponiendo la frase “siempre he pensado que…”? Nadie ha pensado nada siempre. Todos atravesamos una infancia, crecemos y aprendemos a pensar cosas. Erramos mucho, acertamos algo, algunas ideas las retenemos unas y dejamos atrás o rectificamos otras, crecemos intelectualmente mientras estudiamos y crecemos más cuando aprendemos a someter a otros lo que pensamos y a no dejar de estudiar. Y en ese camino sin final, mientras más grande es un pensador más visible se debe hacer la hoja de ruta de su pensamiento y de su compromiso, de lo que dejó atrás y de lo que adquirió a cada paso.

Creo que una historia personal como la de Alfredo Guevara tampoco podemos reducirla a una ecuación tan simple como la superación de una mirada dogmática en una maduración heterodoxa lineal. Aunque ÉL siempre se reconociera en la herejía, porque comprendió temprano que la de Fidel era la gran herejía que le había faltado a las revoluciones que le precedieron. Las explicaciones binarias son insuficientes, pues siempre pasan por alto muchas cosas. Y la historia está llena de complejidades y de contradicciones. Quiero decir que en estos artículos se nos presenta el joven intelectual que asumía la posición más esclarecida que un estudiante de su edad podría asumir individuamente ante el sistema: la de una perspectiva socialista, dentro de la cual llegar al marxismo y a la integración institucional es también un signo de evolución, la meta de un momento. Y hacerse marxista y miembro del partido en un contexto anticomunista generalizado es mucho más que una herejía. Lo cual compartían con él otros miembros socialistas de la generación de Fidel y de Raúl (que había ingresado ya al PC), como Lionel Soto, Flavio Bravo, y otros. Destaco a los jóvenes comunistas de entonces, más cercanos a él en las posibilidades de asimilar la realidad de cambio que las generaciones de comunistas que les precedían.

Alfredo no parece haberse destacado dentro del partido por su docilidad y, como cuenta en su autobiografía, oportunamente incorporada por Manuel Pérez en su esclarecedor estudio introductorio, tuvo la suerte de encontrar apoyo en Carlos Rafael Rodríguez, el más brillante y culto de los marxistas “ortodoxos” (y recuerdo como él mismo se reconocía “original dentro de la ortodoxia”) para sacarle las castañas del fuego a Alfredo en sus confrontaciones con Mirta Aguirre. En febrero de 1956 Nikita Jruschov escandalizó al mundo revelando los crímenes de Stalin en su “Informe Secreto” al XX Congreso. Aquella revelación convulsionó a todo el movimiento comunista mundial, y al pensamiento de izquierda que se le aproximaba. Mirta dirigía, ya en la clandestinidad partidaria, los quehaceres culturales en la organización, con la asistencia de su hermano Sergio, el historiador, con menos luces y en consecuencia con menos recursos para ocultar que repetía lo que le orientaban, aspirando a la aceptación sumisa de “la verdad”. La disciplina, siempre la disciplina por encima de todo: el misterio de la fe, según el catecismo trentino, “la verdad que debemos creer aunque no podamos comprender”.

El Moncada fue definitorio para Alfredo: “Fidel le dio con este gesto un heroico vuelco al proceso”, ratifica en su autobiografía de 1962 para el partido, en tanto la dirección comunista de la época, sujeta a esquemas implantados por la III Internacional (o su sucedánea, la Cominform) “condenó el procedimiento o su oportunidad”. Alfredo, que se había mantenido en la organización apoyando e incentivando el apoyo a Fidel y al Movimiento vio llegada la hora de cortar su lazo formal con el PSP e incorporarse al M-26-7. El desembarco del Granma y la creación del foco guerrillero le daba rango de irreversibilidad a la lucha armada como única vía para derrocar la dictadura con el proyecto de justicia y equidad en un estado soberano, que quería el programa de Fidel Castro. Algunos de sus compañeros del PSP no lo entendían ni aprobaron su decisión. Violentaba con ella la disciplina partidaria. Lionel Soto, un marxista cultísimo que era su amigo, a quien Alfredo le dio a conocer razonadamente su decisión, y creyó que la había entendido aunque no la compartiera, cuenta en sus memorias medio siglo después, que rompió con él cuando Alfredo le comunicó su decisión de “abandonar la lucha”. Parece increíble pero así se interpretaba. Aunque el PSP cambió su posición a medida que avanzaba la lucha guerrillera, y terminó por incorporarse a ella como organización, no le perdonaban a Alfredo que no pusiera por delante la disciplina. No había espacio para el acto de lucidez política si no era algo que se hubiera traducido antes como orientación.

Pido disculpas por no haberles hablado de las reseñas contenidas en el volumen, pero no soy cineasta, y sobre todo, estoy convencido de que no era lo que mejor podía hacer en esta presentación.

Muchas gracias

 

La Habana, 13 de diciembre de 2017

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

15 − 7 =