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Aluvión gráfico para la EICTV

El romance fiel entre el cine cubano y la cartelística nacional es una de las historias de amor más longevas del siglo XX y lo que va de XXI, así como una de las más coherentes y orgánicas simbiosis creativas logradas en el arte de la isla; cimentada esta relación en el más sólido respeto de las respectivas autonomías y el diálogo conceptual. Tal equilibrio se ha mantenido desde los “padres fundadores” de los sesenta hasta los actuales artistas de la línea concisa y la síntesis semiótica, quienes han sabido conciliar —como pocos o ninguno de los movimientos y escuelas cubanas de todo tipo— herencias, continuidades y aportes.

La Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños es sinónimo de cine y audiovisual en un espectro de significaciones cada vez más creciente, por lo que la celebración de sus primeras tres décadas de existencia delatarían cierta incompletitud si no estuviera presente el homenaje gráfico. Esta vez, logrado con el concurso convocado por el novel proyecto CartelON, la Cinemateca de Cuba y la EICTV, cuyos premiados y seleccionados penden de las paredes de la Casa del Festival de Cine de La Habana desde los primeros días de la edición 38 del certamen.

Las más de treinta obras reunidas en la exposición dialogan — fundamentalmente — de diversas maneras con el ícono identificativo de la EICTV y su consabida integración geométrica y cromática; también con signos mucho más generales/universales del cine: casi siempre de sesgo clasicista, como el rollo, la claqueta, la cámara y la silla plegable del director; en menos medida mixturan referentes fílmicos (Mola apela al monolito de 2001: Odisea Espacial); y “cósmicos”, astronómicos y extraterrenos —como extensión y actualización de previas campañas de la Escuela, donde el alien y el platillo volador fueron elementos axiales—, dado el calificativo de “Escuela de todos los mundos” que ostenta la EICTV.

Un subrayado aparte merece el retorno de la llamativa reinterpretación de dicho lema (Mola, Lázaro Reinaldo Caballero, Daniela Arteaga, Ana Ibis González, Diana Carmenate), apelativo en principio a la multiculturalidad convergente en las aulas de la Escuela, provenientes sus matrículas de diferentes “mundos” o esferas culturales de la Humanidad. Esta concepción más sociocultural (valgan las redundancias) viene a ser de nuevo sustituida por una concepción anclada en referencialidades autorales más pop. Son estas, generaciones seducidas por otros “mundos” semióticos, que a su vez marcan pautas comunicativas más efectivas con los receptores potenciales.

En cuestiones estéticas, allende de la casi absoluta prevalencia de los colores planos y la parquedad iconográfica, la muestra describe una pendulación muy amplia entre la síntesis más intensa (Armando Mesa, Fidel A. Morales, Alejandro Escobar, Dailys González) hasta el horror vacui de tintes psicodélicos (Kalia María Venereo).

Dentro del conjunto de carteles que referencian, reconjugan y expanden elementos visuales y temáticos directos de la EICTV, vienen a destacar las muy lúdicas y minimales sillas plegables donde, en níveo campo, Fidel A. Morales engarzó (“sentó”, literalmente hablando) el triángulo, el cuadrado y el círculo. Tal obra-puente entre los campos sígnicos del cine y de la Escuela, marca una semiótica efectivamente conciliatoria y armónica. Así como el orbe-rollo de Patricio Herrera va más hacia la esencia del lema referido, estableciendo una suerte de relación concéntrica y alegórica entre las tres “esferas” implicadas: planeta, cine y Escuela (encarnada en el logotipo) como núcleo esencial. Igualmente para el alumno-cámara que Lázaro Reinaldo Caballero prefiguró en su otra propuesta, donde el elemento lectivo engarza con el creativo, como alegoría del espíritu no escolástico de la EICTV.

El ojo humano —símbolo clave en la conocida “Utopía del ojo y la oreja” preconizada por Fernando Birri en el Carta de Fundación—, como doble esencialidad de las miradas autoral y del receptor, además de modelo “natural” para la cámara, protagoniza otro grupo de obras, como la alegre propuesta de Giselle y Yani Monzón —Segundo Premio—, y las dos obras de Erick Ginard, que van desde el revivalismo analógico hasta el extrañamiento —de posible referente manga— del logotipo de la Escuela, que termina convertido en suerte de Argos Panoptes, pero cada uno de cuyos ojos tiene una mirada diferente.

Rollos (Daniel Álvarez, Liz Capote, ganadora del Tercer Lugar y Alucho, mención), claquetas (Greter Sánchez), sillas (Alejandro Escobar) y cámaras (Dailys González y el premiado principal Norberto Molina) aparte, los universos sígnicos del XXI irrumpen discretamente con las propuestas de Javier Borbolla y su multitud de cellphones y tablets, cuyas semióticas internas, escuetas y geométricas, ofrecen nuevas oportunidades de asociación y resignificación; y con la algo más críptica pero no menos sugerente pieza de Armando Mesa, que parte del actual impacto tecnológico del HD en las rutinas de creación, exhibición y recepción del audiovisual en “todos los mundos” del mundo.

Por encima de los conflictos epocales y de concepto que pudieran derivarse del empleo de referentes clasicistas, descolla la apropiación que Nelson Ponce hace de la imperativa frase “¡Acción!”, que de todos los signos fílmicos presentes guarda la mayor durabilidad, sobre todo por la permanencia de su uso; a prueba aun de cualquier caducidad técnica, por la evidente y sencilla razón de ser una expresión que encierra en sí gran parte de la esencia del proceso creativo audiovisual. Además, implica siempre principio, actos futuros, por lo que el aniversario treinta de la Escuela se ve connotado de perspectiva, porvenir, como nuevo punto de partida, como vigoroso punto de tensión en la fílmica internacional.

El impetuoso tratamiento gráfico que de la frase hace Ponce, la reviste de toda la fuerza expresiva necesaria para validar tal mensaje de saludable empuje, de convertir esta “intangible” orden en explosivo sumun de la creación audiovisual, esencia última de la EICTV. No menos debe esperarse de una institución donde bulle la juventud y confluye el talento de maestros de todo el planeta. Sin renunciar a la imprescindible comunicabilidad, la solución sagaz y el atractivo visual, este cartel (apenas ganador de una mención) trasciende el mero golpe de ingenio para devenir encarnación contundente de un concepto. Lo secunda la obra firmada por Víctor Junco, quien involucra en su constructo gráfico otros elementos como el altoparlante y las variantes idiomáticas de la frase, en connivencia con la propia universalidad de la Escuela.

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