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Argentina en su extensión pluritemática de un panorama latinoamericano

Si hay un paisaje cultural que abraza la diversidad identitaria de nuestro continente es “Panorama latinoamericano”. Se aprecia en este apartado más de una imagen de cuanto nos aproxima a la par que particulariza.

La desaparición y la búsqueda, el escepticismo y la esperanza, la mención continua de los estados de ánimos, el hablar de los conflictos principales y medianeros como resultado de lo anterior como, por ejemplo: “hay algo que me pasa. A veces no sé si estoy despierta” de Ojos de arena (Alejandra Marino), será una constante con variaciones en algunos de los relatos. No es el caso de Santa (Víctor Postiglione) que, si bien se le escucha decir al adolescente Robbinson (Manuel “Replik” Vainstein): “no la vi venir lo que pasó. Siento que podría haberlo evitarlo de alguna manera”, conecta con el asunto de fondo harto definitorio de Ojos de arena. Aunque estamos ante una historia de aprendizaje, donde el chico estará en compañía de sujetos que se asoman y luego son retirados. A fuerza de los contratiempos de la travesía, tiene que madurar solo y de manera rápida para intentar obtener lo que busca.

En el extremo opuesto estaría el Rodolfo (Luis Brandoni) de El retiro (Ricardo Díaz Iacoponi), quien es un personaje de la tercera edad que va más allá de recapitular su vida. Las películas de personas mayores, aunque reflejan la nostalgia y los recuerdos de sus protagonistas, no son películas en esencia sobre la vejez. El profesor Borg, ya muy anciano, rememora el amor en Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957). No estaría mal admitir que es asimismo una película acerca de la memoria. Pero no la de Díaz Iacoponi. No se espere entonces ni biopic ni racconto a lo Rescatando al soldado Ryan y menos a lo El curioso caso de Benjamin Button. Estamos ante un largometraje de diversos registros dramáticos.

En La dosis, la ópera prima de Martín Kraut, dos enfermeros toman cerveza en un bar y, antes de la segunda ronda, el más joven brinda por la vida. Es un sarcasmo para lo que descubriremos está ocurriendo en el hospital donde trabajan. En cuanto a El cuidado de los otros (Mariano González) se plantea cuánto nos exigimos o no si de atender a familiares y recientes personas conocidas se trata. Aparece un niño y, sin ser un filme que se detiene en la relación cine/infancia, coincide con esos relatos donde los chicos intermedian y, a ratos, aceleran los conflictos como por ejemplo en Un crimen común (Francisco Márquez), El silencio del cazador (Martín Desalvo), El maestro (Cristina Tamagnini, Julian Dabien), Ojos de arena, El retiro y Santa.

Una de las pocas obras que, desde su enunciado sobrio y en apariencia sencillo, acopla con múltiples sugerencias lo doméstico con lo exterior, la simulación con la sinceridad, lo ético con lo sociocultural… es El maestro. Silencio y narración, hechos y personajes, son excluidos por fortuna de diálogos redundantes. Aquí se dice mucho con poco y no llega a los destinos aciagos de El silencio del cazador.  La trama implica y complica una generalidad (la ecología, el respeto hacia las leyes…) que repercute en lo exclusivo de sus protagonistas. El director no descuida el tema en detrimento del asunto, pero es éste, sin discusión, el que refresca las diferencias y los lazos que comprende a los personajes.

Habría que resaltar el peso de los personajes femeninos en el acápite Panorama latinoamericano. No es preciso que sean mujeres quienes dirijan. Sin embargo, cabe estar a la mira en cómo intervienen y sostienen conflictos que rebasan las relaciones de pareja, la vigilancia de su casa o la crianza de hijos. Repárese en El retiro, El silencio del cazador, Santa, Un crimen común, Expansivas (Ramiro García Bogliano), Planta permanente (Ezequiel Radusky) e Inmortal. Esta última del siempre atendible Fernando Spiner (La sonámbula, Adiós, querida luna, Aballay, El hombre sin miedo y La boya). Son personajes que observan y toman decisiones y logran ser atractivos por encima de las curvas de interés. El espectador merece seguirlos, habida cuenta de cuanto aportan a las historias y dominan en principio las puestas en escena. Se advierte cierta atención de los cineastas argentinos hacia ellas en la pantalla grande: las doctoras y las cabecillas, la fotógrafa y la cuidadora; mujeres de a pie, de muchos oficios y de casa; madres, esposas… Cuando la profesora de Un crimen común expresa: “Chicos, pero ustedes parten de un conocimiento previo. Para eso estudiaron, para eso se formaron (…) Tienen que fundamentar porque hacen ese movimiento”, plantea de forma directa una actitud que funciona como estímulo educativo, lo cual termina relacionándola de algún modo con casi todos los demás personajes de estas mujeres resueltas a tomar iniciativas profesionales y personales.

En los relatos priman también conflictos íntimos en franco diálogo con el contexto rural. Pareciera que transcurren como si el paisaje exterior se desentendiera de estas narraciones. Sin embargo, al atender bien y ubicar las historias de vidas, se percata uno pronto de los efectos de las inmediaciones en las psicologías de los personajes. En El maestro el contorno no puede ser más influyente para que quizás intercedan en su futuro. La selva es un personaje ambivalente en El silencio del cazador. Simpatía por el jardín y muerte en el mismo confluye en Ojos de arena. Los entresijos en Santa fueran muy distintos si transcurrieran en el ambiente citadino. No hay una representación de lo campestre cual espacio ingenuo y pintoresco. En honor a la verdad, los cineastas argentinos se distancian de lo bucólico a medida que dejan entrever el paso del ser humano, cuando no su estancia en los territorios que habitan.

 

 

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