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Birri, una rosa, dos monedas y un catalejo

En abril de 2016, regresando del festival de cine de Taormina, pasé por Roma y visité a Birri.  Él había leído mi carta a los miembros del Consejo Superior de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano fechada el 14 de enero de ese año y quería que habláramos, mirándonos a los ojos, sobre la Fundación, la Escuela, y el diferendo por la elección del nuevo director que había provocado la crisis en la que aun estábamos inmersos.

Yo le conté, desde mi punto de vista, las causas y los efectos posibles de aquella situación y él, que me escuchó sin interrumpirme se quedó pensando como buscando algo dentro de sí o en el pasado, hasta que tras un largo silencio le brilló la mirada y yo le pregunté si estaba viendo o vislumbrando alguna solución.

Birri sonrío y me pidió que lo siguiera; ven vamos a comer, me dijo, esa lasaña está oliendo muy bien.

En la mesa no volvimos a hablar de la escuela. Primero me explicó los ingredientes y los detalles de elaboración de la lasaña de camarones que estábamos comiendo y después, tras un sorbo de vino blanco, me preguntó si yo conocía a Paracelso, el alquimista del renacimiento.

Yo le dije que sí y que uno de mis libros favoritos era Opus nigrum, la novela de Margarite Yourcenar sobre un alquimista llamado Zenón, inspirado entre otros por la figura de Paracelso. Birri también conocía la novela y me contó que su título aludía a una fórmula que designa en los tratados de alquimia la fase de separación y de disolución de la sustancia, el instante – me dijo enfatizando con un gesto de su mano-  más delicado y difícil en la construcción de una gran obra y la prueba que debemos superar para ser un espíritu que busca liberarse y trascender.

Nos quedamos en silencio, creo que él pensaba en la escuela y yo también.

Un rato después, a punto de tomarnos un té, Birri se levantó, fue hacia hasta una mesa  de trabajo que se veía en la habitación contigua y regresó con un hermoso ejemplar de Ediciones Siruela en su manos; unos cuentos de Borges publicados por la colección La Biblioteca de Babel.

Te quiero leer La rosa de Paracelso, me dijo; cuenta la visita de un joven que quiere ser discípulo del alquimista, y lo primero que hace es ofrecerle un puñado de monedas de oro por su magisterio.

Paracelso – leía Birri en el escrito de Borges- le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

– Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

– El oro no me importa – respondió el otro-.Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

-Pero ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

Y Birri aprovechó para mirarme un instante por encima de sus lentes y continuó:

-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino.”

Hubo un silencio, y en el cuento el joven incrédulo le pidió al maestro como prueba para emprender ese camino, ser testigo de la destreza de Paracelso para quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza por arte de magia.

-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Y el viejo alquimista le replicó:

-¿Quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

Entonces el joven arrojó la rosa al fuego esperando que las palabras de alquimista obraran el milagro de salvarla pero Paracelso, sin inmutarse, esperó hasta que la flor se convirtió en cenizas y le dijo:

“Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en los cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y no lo será”.

El muchacho sintió vergüenza. – continuó leyéndome Birri–  Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado la puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas. (…) ¿Quién era él, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

(…) Paracelso lo acompaño hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

¿Es el final? Le pregunte. Y Birri sonrío, no, me dijo, cuando Paraselso se quedó solo…

 Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.

Esa fue la última vez que vi a Fernando Birri y no recuerdo de qué otra cosa hablamos, pero sí que antes de irme abrió la palma de su mano y me mostró un par de monedas, unas liras italianas antiguas: en la más oscura, me dijo, va mi deseo sobre el futuro de la Escuela y en la otra te toca a ti musitar el tuyo. Roma está repleta de fuentes, murmuró, busca una que no sea la Fontana de Trevi, una que te guste a ti, que sea tu favorita, y arroja allí nuestras dos monedas, es un conjuro; y recuerda, me dijo, no dejes que nadie lo olvidé, la escuela será de todos o no será.

Yo cumplí su deseo. De su casa me fui a la Fontana de Tartarughe, la fuente de las tortugas en la Plaza Mattei, y allí están las monedas. Cuando las arrojé, no había testigos; era de madrugada, caía una lluvia fina y la pequeña plaza estaba solitaria.

Hay un escritor rumano del que no hablé aquella noche con Birri, pero que hoy quiero usar como cómplice para terminar esta evocación. Se llama Mircea Cartarescu y en una de sus entrevistas recientes declaró:

…No podemos existir como seres humanos sin nuestra columna vertebral diacrónica. Sin nuestra historia personal. Son esos puntos que recordamos y que no sabemos por qué son esos puntos precisamente los que recordamos. Sospecho que las cosas importantes no las recordamos. Creo que esa es la misión de los artistas: recordar aquello que no recuerda nadie.

Si alguien me preguntará cómo definir y recordar a Birri, yo no duraría en afirmar que él es la savia, la esencia, de esa columna vertebral diacrónica que somos los eicitevianos. Birri, no lo olvidemos, fue aquel niño que perdió un catalejo verde en el interior de una piñata, para en su búsqueda desarrollar una mirada deslumbrada y crítica sobre el mundo. De ahí su afán por la utopía, de ahí su juego con el horizonte que se mueve.

Él, que siempre fue un alquimista, ya sabía desde niño lo que hoy nos toca profesar a nosotros:

Solo la poesía une, solo en la poesía puede perdurar el destino de la escuela que nos legó.

Nosotros no somos otra cosa que su estirpe.

En nuestras manos, multiplicado, debe florecer su catalejo verde.

 

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