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En busca de espectadores especializados. Los críticos en el Festival.

No resulta casualidad, sino más bien prueba, que el primer premio de la popularidad que se entregara en la edición 18 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, fuera al mismo largometraje que obtuviera el premio FIPRESCI. El dedo en la llaga (1996) del argentino Alberto Lecchi, confirma que públicos y críticos han estado en ocasiones más unidos que separadas en cuanto a evaluar los filmes latinoamericanos proyectados durante el Festival.

Muchos de los críticos que actualmente acompañan el evento, en momentos iniciales fueron espectadores y recuerdan esta época como trascendental para su formación.

“Yo tuve una transición de espectador cinéfilo, febril, galopante en los diciembres, mientras era un estudiante de geografía, siempre interesado por el periodismo y la crítica de arte. Me escapaba de todos los turnos que podía, perdía el derecho a prueba e iba a mundial…conclusión: en diciembre había visto todas las películas pero no había atendido a las clases de mi carrera”, rememora el crítico cubano Joel del Río.

“Contemplo con nostalgia toda aquella época porque estaba descubriendo una cinematografía que he amado desde entonces. Muy rápidamente me deslumbré con el erotismo de ciertas películas brasileñas, con esa teatralidad y ese saber hacer de los actores argentinos, y esas tradiciones muy diversas que oscilaban entre cine comercial y el autor más exigente que convivían en el cine mexicano”, explica el autor de libros como El cine según García Márquez.

En el Festival se han encontrado no solo público y críticos, también jurados y espectadores han coincidido en muchas ocasiones. Tal es el caso del filme de Juan José Campanella: El secreto de sus ojos. En diciembre de 2009 el jurado le concedió un premio especial, mientras el público cinéfilo lo premiaba con el Coral de la popularidad.

“Las premiaciones eran otro momento importante. Recuerdo cuando las películas de Eliseo Subiela eran premiadas una y otra vez en desmedro de películas cubanas que uno pensaba que tenían que ser premiadas como Plaff, o Papeles secundarios. Aquellos años ochenta fueron muy intensos a nivel de Festival, porque el cine cubano estaba encontrando caminos muy cercanos al público, mientras que en otros países estaban las aperturas democráticas, como en Brasil y Argentina, y el Nuevo Cine se estaba reinventado en todos esos países”, reflexiona del Río.

Aunque los públicos que asisten al Festival sean cubanos en su mayoría, no siempre ha reinado el chauvinismo, pues los asistentes a las salas han sabido valorar tramas y actuaciones, más allá de fronteras geográficas.

“Desde aquella época comprendí que una película mexicana, latinoamericana, no es inferior a ninguna norteamericana, ni francesa, porque uno las disfrutaba igual y además te hablaban de un estrato cultural y psicológico que eran muy afines. Y eso no lo podías encontrar en el cine de ninguna otra región”.

No pocas veces se ha enfatizado en la oportunidad que representa asistir al Festival de Cine de La Habana, y tener reunidas tantas películas latinoamericanas de una sola vez. Para el peruano José Romero esto es un elemento que no debe dejarse de subrayar.

“Tengo una entrañable relación con el Festival de La Habana, pues fue el primero que visité en el exterior, y donde encontré algo que hasta ese entonces era difícil de congregar: un impresionante abanico de lo más reciente y diverso de nuestro cine. Sin embargo, otro aspecto es lo que me hace volver cada cierto tiempo al Festival de La Habana, y tal como lo hago este diciembre luego de cinco años, es reconectarme con el concepto primigenio de lo que debe ser un festival de cine. Ninguno como este me hace recordar para qué sirve y para quiénes se realiza un festival: el público espectador, razón y fin de toda la fiesta cinéfila que ocurre cada último mes en la capital de Cuba”.

La campaña de este año ha decidido enfocar su público meta en los espectadores de siempre, e intentar atraer a jóvenes para que descubran las singularidades de un evento donde “las alfombras rojas, los protocolos, la parafernalia, son detalles que no han contaminado este evento, único de su especie. Tanto para el público como para cineastas e invitados, estos días se constituyen en una experiencia sumamente enriquecedora. Por ello no me cansaré de recomendar a cualquier cineasta de participar del Festival de La Habana. El proyectar en el Yara, percibir la alegría de un público que interactúa, que dialoga con tu película y que de inmediato te otorga una sincera valoración de tu trabajo, es algo no he encontrado en ningún otro festival de Latinoamérica”, explica Romero.

El crítico peruano incluso confiesa que “al Festival de La Habana prefiero acercarme como un espectador «expectante», dispuesto a sorprenderme con aquellos títulos que no son los que ya están siendo reseñados hasta la saciedad, porque imagino que ya he tenido la chance de apreciarla en otros certámenes. Prefiero ir a la búsqueda de aquellas producciones que por decisión programática y/o por no pertenecer al canon de lo que debería ofrecer todo festival de prestigio, aquí sí encuentran espacio. Por el lado crítico me interesa la producción cubana y por extensión de todo el Caribe y América Central. Es tan difícil ubicar películas de estas zonas que ellas son unas de mis prioridades.

“Me resulta interesante pues sé que como espectador viviré estupendas jornadas en enormes salas de cines, pantallas grandes que realmente sí lo son, con muchísima gente alrededor. Y como crítico volveré con la satisfacción de haber visto muchas buenas películas por primera vez. Algo así como completar, actualizarme del mejor cine latinoamericano para concluir el año”.

Aunque el Diario del Festival no se ha posicionado como medio de crítica, en los últimos años un crítico como Frank Padrón ha ocupado una “Luneta indiscreta”, la cual ha servido de guía para los públicos que no solo se acercan a los filmes latinoamericanos, sino también a aquellos que conforman las muestras paralelas, exposiciones, e incluso “todo lo censurable que siempre afecta un evento de tal magnitud”, aclara Padrón.

También en no muy pocas ocasiones la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica (ACPC) ha escogido el contexto del Festival para celebrar su Día de la Crítica, y así debatir sobre temas afines al cine y a la cita. Padrón vio nacer lo que hoy se conoce como Diario del Festival, uno de los principales medios de comunicación del evento.

“No olvido cuando, en 1978, recién estrenado en la vida periodística y laboral (que no eran exactamente lo mismo) el Centro de Información del ICAIC me pidió colaborar con un evento que debutaba: el 1er. Festival Internacional del Nuevo Cine latinoamericano. Nunca realmente lo vi como público: comencé trabajando como periodista en él. Haríamos sinopsis y breves comentarios (sin firmar) de las obras en concurso, los cuales se iban a imprimir en un rudimentario mimeógrafo que se distribuiría entre los delegados y participantes de la cita habanera. Al frente de la gestión estaban mi colega Carlos Galiano (jefe de redacción) y Maruja Santos (editora de la revista Cine Cubano, quien durante muchos años asumiría esta labor).

“Era algo muy modesto, pero yo sentí la incipiente satisfacción de poner una pequeña piedra en el edificio que a partir de entonces, íbamos a construir: un festival que crecería con los años, que convocaría amigos y hermanos de todas partes del mundo, que generaría un indetenible flujo de imágenes cargadas de solidaridad y cohesión identitaria. Así, aquellos humildes volantes fueron tornándose un periódico: poco después suplemento del diario Tribuna de la Habana (y nombrado Tribuna del Festival), el cual, transcurridos varios años sustituyera su primer nombre por el de Diario, que ha conservado hasta hoy.”

La crítica y los críticos han estado desde los mismos inicios del Festival, no ya en esos personajes estereotipados que lo enjuician todo desde una subjetividad injustificable, sino más bien desde la construcción colectiva de un evento que mira al continente y sus historias.

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