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Cenizas, el arte de explorar entre silencios

La erupción del volcán Cotopaxi en 2015 fue el umbral para que el cineasta Juan Sebastián Jácome enmarcarse una historia que tenía en mente desde hacía diez años: la separación de un padre y una hija a raíz de un supuesto abuso familiar, tratado a través del silencio y del hermetismo. Cenizas, una coproducción entre Ecuador y Uruguay es uno de los filmes que integra la muestra de Óperas primas en esta edición del Festival de Cine de La Habana. En entrevista, su director dialoga sobre las vicisitudes del filme.

¿Cómo Ud. manejó el símbolo de las cenizas y la metáfora del volcán Cotopaxi con la trama?

La historia de Cenizas la tenía en mente desde hace muchos años, pero no sabía cómo darle forma. En el año 2015, cuando el Cotopaxi inició un proceso eruptivo, al ver al volcán en explosión, me di cuenta que el volcán era el personaje de Caridad. Es un ser que en silencio guarda energías (o frustraciones) por muchos años y que en algún punto debe explotar, porque ya hay demasiado acumulado. Desde ese momento, la película encontró su forma y la escritura del guion fue muy rápido y claro. La historia de Caridad es una de muchos años de silencio y cuestionamientos. Cenizas ocurre el día en que sucede la erupción del volcán, pero también la erupción necesaria del personaje de Caridad y la ruptura de ese silencio.

¿Qué retos impone construir y dirigir una historia de corte familiar respecto a las fronteras con el intimismo?

Para mí, uno de los primeros retos en cualquier película es ubicar la temática exacta. Es decir, reducirla a una o dos palabras y darme cuenta qué es estrictamente lo que yo quiero explorar con esa historia. Eso siempre viene de un lugar muy íntimo. En el caso de Cenizas, lo que yo quería explorar es el silencio y el hermetismo con los que son tratados ciertos temas tabú en sociedades conservadoras como la ecuatoriana. Una vez ubicado este tema, la película me pedía ser de corte familiar y con una puesta en escena minimalista e intimista, donde prime el amor pero también los resentimientos. Esto era lo que la película requería. Cada película es un mundo y el lenguaje de cada una es único, pero yo creo que siempre debe venir desde una preocupación personal.

¿Por qué en el montaje de la película se usan elementos más artísticos que especiales?

Cenizas es una película íntima que tiene su fuerza en los personajes y en el trabajo de construcción de los mismos que hicimos en conjunto con los actores. Eso estuvo claro desde un inicio. Todo elemento debía estar en función de ellos: fotografía, sonido, producción, arte. La propuesta de montaje no fue distinta. En postproducción, la película también debía priorizar las emociones y sensaciones para que la historia de Caridad y Galo nos envuelva. Utilizamos pocos efectos especiales. De hecho, la mayoría de la ceniza que se ve en pantalla fue filmada. Lanzada por nuestro equipo en el set, con turbinas y con una máquina diseñada por nuestro gaffer para lanzar ceniza. Era importante que los actores sintieran lo real y eso afectase a su construcción de personajes y a sus interacciones en la película.

¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Andrew Hevia, uno de los coproductores del multipremiado filme Moonlight?

Conozco a Andrew desde hace muchos años. Fuimos compañeros en la escuela de cine en Florida State University y siempre tuvimos mucha admiración mutua. Desde hace mucho tiempo queríamos trabajar juntos. Con Cenizas finalmente se dio la oportunidad. Lo considero un gran productor que prioriza siempre la calidad de la película y la intención artística por sobre cualquier elemento comercial. Él entiende mucho sobre cine ya que ha estudiado mucho y ha trabajado como editor, director, productor, etc. Él se involucra en los procesos creativos, dando al mismo tiempo espacio y respeto a las intenciones autorales. Mi experiencia con él fue muy enriquecedora. Ahora trabajamos junto con él y mi productora Irina Caballero en nuevos proyectos.

¿Afectó el hecho de que se filmara en un país y se hiciera la postproducción en otro?´

Uruguay y Ecuador son dos países con cinematografías muy similares. Países pequeños con industrias pequeñas. Fue una coproducción ideal porque la forma de trabajar es muy similar en ambos. Para mí, postproducir en Uruguay fue como hacerlo en casa. Hubo mucha conexión con mis editores, con el colorista, con los sonidistas uruguayos y sobretodo con mis coproductores. Es gente muy profesional que le da mucho tiempo y mucho cariño a la película. Fue una coproducción muy orgánica.

¿Qué representa participar en la selección del Festival de Cine de La Habana con una cinta como esta?

Para mí es un honor competir con películas tan lindas como son las que compartiremos pantalla. He tenido la oportunidad de ver varias de ellas en distintos festivales y el nivel es muy alto. El Festival de Cine de La Habana es muy especial para toda Latinoamérica. Además, Cuba es muy importante para el cine latinoamericano, por su historia, por su festival, por su escuela y por su público.

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