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Enrique Colina: de la pantalla chica a la memoria inmensa.

Enciendes la pantalla de tu TV en Cuba. Es el año 1982, o cualquiera de la década del 80, y puedes encontrar en la noche un espacio como ningún otro, con un conductor carismático como ningún otro que te habla de cine, pero te hace sentir que estabas en la cola de la bodega con él, en el parque conversando, así tan tranquilo, de la función dramática de este plano en la película Nosferatu de Murnau, de la trama de Madagascar de Fernando Pérez. Este es el recuerdo que muchas personas en Cuba guardarán de Enrique Colina.

Los profesionales vinculados al cine y al ICAIC, sentirán que hicieron este recorrido en la televisión con él y luego se adentraron en su obra cinematográfica. El entendimiento de Colina del cine como lenguaje es uno de los elementos que logró pasar de su programa a su cine.

En una entrevista al cineasta Carlos Lechuga le comenta sobre la preferencia de algunos de sus documentales sobre otros:

“Me cuesta mucho trabajo porque me gustan por distintas razones, y los veo y pienso que los cortos no son malos, yo pienso que tienen criterio estético, tienen una tendencia, un estilo definido y una propuesta conceptual. Tienen una impronta de autor que está asociada a la ironía, a una visión crítica un poco amarguita. Hay una variedad de cosas que me gustan en unos y en otros. No sé, hay algunos en que me gusta la cosa del protagonismo de un personaje como el del perro, a mí me gusta la historia del perro, y la del león también. Ambos encarnan valores humanos y ansían preferiblemente la libertad al inmovilismo y a la seguridad de la domesticación. Asumen la precariedad material de vivir sin el amparo del dueño, pero preservando su autonomía.”

Enrique Colina ha fallecido y eso llena de tristeza a sus familiares, amigos, estudiantes, y la inmensa cantidad de personas que sintonizó durante mucho tiempo la televisión cubana para entender y analizar junto a él cómo una imagen en 24 planos por segundo creaba la magia de lo que denominamos cine.

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