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Intervención de Alfredo Guevara en el Primer Congreso Nacional de Cultura, 4 de abril de 1962.

Compañeros de la presidencia, delegaciones extranjeras, fraternales invitados, compañeros activistas del trabajo cultural en todo el país: Si de algo podemos sentirnos orgullosos los trabajadores y creadores de nuestra joven cinematografía es de haber surgido con la revolución y de haber tenido el privilegio de ver organizado el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos como producto de la primera ley revolucionaria promulgada en el campo de la cultura.

Cuando el 23 de marzo de 1959 se creó el ICAIC, también quedaron planteados problemas de difícil solución que cubrían desde urgentes necesidades de organización y equipamiento hasta la de decidir seriamente una línea de trabajo que permitiera abrir el camino a nuestra cinematografía. Como carecíamos de créditos y numerosos obstáculos se interponían entre la ley y su aplicación práctica, con la ayuda personal directa de Fidel y Raúl que arbitraron recursos del INRA y el Ejército Rebelde se realizaron los primeros documentales y se abrió la perspectiva de otras realizaciones.  El 26 de julio de 1959 rodábamos ya con las siglas del ICAIC el documental VI aniversario [de Julio García Espinosa], y los pioneros de nuestra cinematografía saltaron de los duros días de la sección de cine de Nuestro Tiempo, centro de discusión y de formación cinematográfica y de combate revolucionario contra la dictadura y el imperialismo, a tareas prácticas muy concretas: organizar el ICAIC, crear su base industrial, asegurar para el arte el lugar primer, llamar y reunir en el trabajo cinematográfico de la revolución a los trabajadores y técnicos que adquirieron calificación en la esporádica  producción comercial extranjera y nativa, que no nacional, y en las organizaciones publicitarias y grupos fílmicos de la televisión.

En estos sectores no solo se habían formado algunos técnicos calificados, sino también tendencias que mostraban cada vez en mayor medida preocupaciones estéticas e ideológicas y, en muchos casos, tales características quedaban avaladas por la militancia revolucionaria. Nos obstante ello, la suma de todas nuestras fuerzas pesaban menos que un adarme, era necesario multiplicarlas y encontrar en la propia superación y en la formación de cuadros técnicos la posibilidad de que el cine no se frustrara y como la gente de cine es ambiciosa, nuestros planes parecían levantarse sobre la irrealidad.

Así era en cierta medida y muchas cosas hemos tenido que aprenderlas sobre la marcha superando errores y venciendo dificultades y desarrollando, para cada tarea, tensiones que solo una revolución podía desencadenar, pero desde entonces, y ahora podemos ratificarlo y aún ampliarlo, con la autoridad que dan poco menos de cuatro años de vida y tres y medio de trabajo efectivo, desde entonces, las posiciones ideológicas  la concepción del trabajo cultural que inspiró el ICAIC y que alienta sus esfuerzos y realizaciones parte de un principio que consideramos válido:  la cultura, sus manifestaciones, el arte cinematográfico precisamente no pueden elaborarse en un laboratorio ni mucho menos puede planificarse las obras de creación o el surgimiento, desarrollo y maduración de los artistas que las hacen posibles.  Por eso, con mucho entusiasmo y pareja humildad declaramos como tareas del ICAIC crear las condiciones materiales, la base industrial para el desarrollo del arte cinematográfico y promover una atmósfera espiritual que permitiera y aún más, facilitara el surgimiento del talento creador.

Por eso, el documental no fue solo un género, una forma de hacer cine, un arma de la expresión revolucionaria, sino también una escuela práctica, un camino en al aprendizaje de la técnica y en el dominio de los recursos artísticos del cine. Pero el ICAIC no fue creado solamente para promover el arte cinematográfico nacional y para darle un poder de asimilación y comunicación internacionales. Al reunir en una sola tarea la formación de un movimiento cinematográfico y la tarea cultural política de reconquistar el público para una actitud más activa y crítica, nos obligamos no solo a actuar correctamente en el campo de la cultura y de la técnica y muy particularmente en el de la estética, sino que también fue necesario abordar cada problema atendiendo a sus implícitas resonancias sociales.  ¿Podía ser de otro modo? No.

Si hay algún arte irrenunciablemente ligado a la realidad social, al movimiento ideológico y de los combates políticos concretos, ese es el cine. No por azar señaló Lenin que entre todas las artes el arte más importante es el cine, y estamos seguros de que en esta afirmación no influían juicios estéticos excluyentes, sino el reconocimiento de la influencia que nuestro arte ejercer en la formación de la conciencia y la opinión pública sobre el movimiento político concreto por decirlo con absoluta precisión.

Tomando en cuenta este carácter objetivamente válido independiente de otros juicios, planteado, en suma, por la realidad, el ICAIC se ha cuidado mucho de cuidar como función del arte cinematográfico la pedagogía social o la propaganda, evitando caer en tamaños errores y ha definido con absoluta claridad diversos canales a través de los cuales realiza indeclinables deberes.

De este modo, el Noticiario ICAIC latinoamericano se ha convertido en un semanario editorial revolucionario sobre variados temas nacionales e internacionales, y de este modo cumple una función política directa. Mientras la Enciclopedia popular y los documentales de divulgación que desde el próximo año llevarán el nombre de Científico populares, ilustran, informan y acercan a la cultura y la técnica a quienes ahora, triunfante la campaña de alfabetización, descubren el complejo e inagotable mundo de las realizaciones humanas y de la vida de la naturaleza. Este criterio de trabajo y el lanzamiento de tales canales ha permitido atender regularmente las urgencias sociales que plantea el desarrollo, reservando las películas de largo metraje y argumento y a los documentales artísticos la posibilidad y el derecho de olvidar toda intención didáctica. Esta es para nosotros una posición de principios, pero no implica ello, ni remotamente, que aspiremos a un arte cinematográfico hermético y ajeno a nuestra revolución, sino muy por el contrario, se trata de que estamos convencidos de que el arte es siempre revolucionario y de que no hay arte alguno al margen de la revolución.

Cómo puede ser un artista o una obra de arte parte del fenómeno creativo sin ser innovadores, sin enriquecer la vida y la conciencia con aportes que van desde el punto de vista excepcional por su rigor y fineza hasta la elaboración de tendencias artísticas estéticas y de punto de vista y obras completamente originales.  Cuanto penetra la realidad y profundiza en ellas, cuanto nos ayuda a comprenderla y apreciarla, cuanto nos permita descubrir nuevos aspectos y matices, cuanto nos empuja a recrearla y cuanto la enriquece con más originales conceptos y formas, cuanto hace más aguda y más sensible nuestra conciencia no puede sino ser revolucionario. El arte cinematográfico es para nosotros, como todas las artes, revolucionario por naturaleza, y por eso no solo nos sentimos militantes y combatientes cuando empuñamos el fusil o vestimos el uniforme   miliciano, sino también cuando logramos que la utilización de los recursos técnicos y financieros que nos entrega el pueblo sirvan de base material al surgimiento de una obra de arte o de un artista.

Es por eso que nos atrevemos a decir que el arte educa, pero que jamás podamos aceptar que el arte tiene por finalidad la educación.  Mientras más lograda es una obra de arte, más influye en la conciencia, más profunda y compleja será su huella, más hermosos y permanentes sus resultados, pero creemos sinceramente que si del creador o de la obra artística se exige un mensaje revolucionario al estilo del que puede contener un discurso político o un ensayo filosófico o de indagación social, solo se logrará un objetivo: asesinar espiritualmente al creador, asfixiar el arte en una cámara de oxígeno.

En muchas ocasiones no son medidas externas o un ambiente determinado y dominante el que provoca esta situación. Algunos creadores confundidos por la propaganda de teorías y fraseologías pseudoculturales que se inspiran en tendencias populistas y muy comúnmente en la ignorancia, naufragan intelectualmente empeñados en sustituir a los pedagogos, o decididos a rebajarse al nivel del público, rebajando en su propia sustancia la obra de arte. Es necesario denunciar esas tendencias que tienen lugar en nuestro país y que las discusiones y resoluciones, aún realizadas y promulgadas en los más autorizados y altos organismos de dirección, no serán suficientes si no resultan acompañados de una constante discusión y de un trabajo ideológico digno de las tareas que afrontamos.  Es en esta fuente de putrefactas aguas en la que anidan los gérmenes de la rutina y el agotamiento, y mientras que con falso criterio proletario se pretenda ignorar la cultura sustituyéndola por la propaganda y la demagogia más ramplonas, veremos obras y exposiciones primitivistas invadiendo inadecuados lugares, y llevando a la sobrestimación y al ridículo a quienes mayor respeto merecen, a los trabajadores que ahora alcanzan las posibilidades de expresarse artísticamente y que no pueden lograrlo en un día.

La concepción mecanicista del ascenso de las masas trabajadoras a la vida de la cultura puede así crear no la elevación de los niveles intelectuales, sino su rebajamiento y descomposición.  De ahí la ola de mal gusto que invade el país y que no es, de ninguna manera, inherente al desarrollo socialista y mucho menos producto del impetuoso avance del trabajo de los organismos responsables de la cultura (aplausos) o de las organizaciones de masas.  Quien acude a los conciertos y presentaciones del ballet clásico o de los grupos de danza moderna, quien se acerque al movimiento teatral o trate de adquirir un cuadro, quien guste del cine y trate de encontrar localidades, con seguridad sabrá muy bien cuán grande y delicada es la inquietud que con la revolución ha surgido y anda en desarrollo en todas las capas de nuestro pueblo, y un serio síntoma de la profundidad de esas tendencias es el constante aumento de la asistencia de lectores a las bibliotecas.

La ola de mal gusto es provocada por otros factores, en nuestra opinión, por una política clara y excluyentemente populista, dominante en ciertos niveles del movimiento sindical por tendencias erróneas, facilistas, rutinarias de los sectores responsables de la propaganda en muchas organizaciones y, sobre todo, por la inercia pública en los organismos de la cultura, incluyendo al Consejo Nacional de Cultura, la Unión de escritores y Artistas y el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos que, hasta ahora, no han sabido decir no pública y abiertamente a tanto ridículo cartel (aplausos) a los murales absurdos que invaden los centros de trabajo y de la vida social  y cultural (aplausos) al empapelamiento inútil de cada pared, columna y cristal y muchas (aplausos) veces al ocultamiento o deterioro de verdaderos monumentos nacionales y de cubanísimos lugares simplemente para cumplir metas numéricas, que no de eficacia política (aplausos).

Unas cosas conducen a las otras, este clima permite que se anuncie a bombo y platillo que ciertos compañeros, seguramente revolucionarios, seguramente inquietos, seguramente sinceros militantes, pintaron un mural en dos horas, o en doce, o en un día, y uno se pregunta: bueno, ¿y qué, tiene esto alguna significación?  No estoy aquí para juzgar, pero compañeros, los murales que han de cubrir edificios públicos o mostrarse como ejemplo y como elemento de belleza, como tácita -subrayo- tácita contribución a la educación estética de las masas, no pueden improvisarse, no puede hacerlo el más entusiasta, el más entusiasta, si lo es profundamente, no puede ser inútilmente pretensioso, debe buscar al más apto, estudiar y aprender, apoyarse en él.

Cuando lo contrario sucede, terminamos aceptando normalmente que la devoción al recuerdo ejemplar de José Martí, ejemplo del intelectual revolucionario, el más alto símbolo de nuestra cultura, se convierte en campaña de bustos (aplausos) en rutina de bustos, en el insulto de situar bustos hasta en los más inadecuados lugares. El Rincón Martiano convertido en meta ha devenido en rutina, el mural revolucionario en atiborramiento de figuras. Si Martí debe aparecer siempre seco y meditabundo, ensimismado e hidrocefálico, los trabajadores y campesinos, los milicianos, protagonistas de murales y carteles, resultan versiones infantiles del héroe convencional, el puño en alto, el rostro pétreo, el gesto que recuerda al corredor a punto de iniciar una prueba, o el despegue de un avión supersónico.

Esto es, no creo necesario insistir demasiado en ello, una bien clara manifestación del esquematismo e indirectamente un modo de educar a las masas en la aceptación de las fórmulas esquemáticas y rutinarias, en la falta de imaginación.  Es de este peligro, de un peligro verdadero, de lo que debemos de ocuparnos y nunca de la beatería y mojigatería hipócritas, propias de las legiones de la decencia, que condenarían seguramente a Pablo de la Torriente Brau como inmoralista y aprobarían tanto poema, novela y obra cinematográfica o teatral mediocres.

Como cree el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos poder contribuir a elevar el nivel ideológico y las posibilidades de apreciación estética, qué hemos hecho hasta hoy para aguzar la sensibilidad del público e incorporarle al disfrute del cine como arte. Durante muchos años, el grueso de las salas cinematográficas de nuestro país, los circuitos de estreno y las distribuidoras estuvieron dominados directamente por empresas norteamericanas típicamente imperialistas que operaban como avanzada de la propaganda e ideología del imperialismo.

El cine fue usado sistemática e intensamente para servir a los fines de dominación política y deformación cultural seguros que debilitando el sentimiento, la conciencia nacional y confundiendo y tergiversando las ideas, la información histórica, y desnaturalizando toda posibilidad de apreciación artísticas, y en el arte verdadero -ya lo hemos subrayado- hay siempre un germen y un cierto aliento revolucionario, podrían apoderarse mejor de Cuba, otear a nuestro pueblo, prolongar y agudizar la explotación de nuestras riquezas.

La primera tarea fue, por eso, romper el monopolio de la distribución y asegurar nuestros propios canales, y para poder hacerlo nos vimos obligados a contratar masivamente y sin todo el rigor que hubiéramos querido, películas procedentes de los países socialistas o realizadas por artistas progresistas o figuras  de prestigio de otras latitudes. Paralelamente, se hizo una selección de las más importantes películas artísticas y de valor de otros países y se garantizó su exhibición regular. No somos enemigos de las obras artísticas de ningún país, somos enemigos de las obras que realizadas con los medios del arte, resultan la negación de este convertidas simplemente en veneno.

Hoy, año y medio después de aquellas medidas, podemos anunciar un creciente rigor artístico en la selección de las películas programadas, el cual se sentirá ya en 1963 y durante los años 1964 y 65 alcanzará el nivel adecuado.  La creación de un circuito de arte, de una red nacional de salas cinematográficas dedicadas a la proyección de películas de mayor empeño y significación artística durante el año 1963.  Durante el año 1962 logramos, en especial en los últimos meses, que las programaciones fuesen mejor racionalizadas y que se asegurase la circulación nacional de todos los programas y en especial los de mayor calidad.

Si tomamos en cuenta que hay en Cuba más de 500 salas cinematográficas y que por lo menos cuatro quintas partes programan diariamente o cada dos días, se comprenderá la enorme cantidad de títulos y copias que debemos disponer anualmente. Esta situación se agrava por una razón excepcional: Cuba es uno de los pocos países en que las salas cinematográficas exhiben programas dobles y a veces hasta triples. Ninguno de estos obstáculos ha impedido, sin embargo, que cada semana y cada mes demos pasos de avance y por eso, en medio de tantas dificultades hemos, sin embargo, distribuido o controlado la distribución durante el año 1962 de 3 203 títulos contra 3 052 en 1961.

Durante el año 1961 recibimos 165 películas, mientras que en 1962 solo 157. Para el año 1963 hemos adquirido ya, a mediados de diciembre, 133 películas procedentes de la cinematografía procedente de los países socialistas y 40 de los países capitalistas, especialmente de Europa occidental. Esto significa que durante el año 1963, podrán verse en Cuba casi todas las obras cinematográficas premiadas en los festivales internacionales (aplausos) y muchas de las que han tenido auténtica resonancia artística y los más importantes documentales producidos en los últimos años. Calculamos que en total en el año 1963 se estrenarán alrededor de 260 títulos o poco menos, y que de ese total, 174 películas serán contratadas en el campo socialista y 86 corresponderán a la obra de los artistas progresistas, de los artistas artistas del resto del mundo.

El hecho más importante de este período lo constituye, sin duda, el encuentro de nuestro público con la cinematografía socialista. La mitad del mundo y la más avanzada permanecía oculta a nuestro pueblo y su cultura nos era desconocida.  En estos dos años se han estrenado y presentado en toda isla las principales obras cinematográficas de la Unión Soviética y Checoslovaquia, la República Democrática Alemana y Polonia, de Bulgaria, la República Popular China, Rumanía y Hungría y  hemos podido apreciar estilos y corrientes artísticas. Al mismo tiempo, y por la falta de divisas, hemos tenido serias dificultades para importar películas de los países capitalistas. En 1963 podremos, por otros caminos, adquirir numerosas obras artísticas especialmente de las cinematografías italiana, francesa, sueca e inglesa.

En esa misma dirección por la falta de divisas apenas fueron importados libros y hemos sufrido serias dificultades con las revistas extranjeras necesarias a la formación e información cultural, cinematográfica y técnica de nuestros cuadros y el público.  Nos las hemos ingeniado.  Para suplir parcialmente este vacío, estamos editando ahora en mimeógrafo y desde el año entrante lo haremos en imprenta, un boletín de información y traducciones que reúne los más importantes artículos y ensayos que se publican en el extranjero.

Las Semanas del Cine y la presencia de directores e intérpretes han jugado un importante papel en la popularización de las obras cinematográficas y permitido que a estas alturas podamos señalar que son las películas de calidad en general las que aseguran un mayor interés y afluencia del público y que de este modo se convierten, al mismo tiempo, en las más rentables.

En La Habana, el papel de la Cinemateca de Cuba, que acaba de cumplir su primer año de vida, ha permitido formar un público especializado cada vez más exigente y crítico y que influye en otros sectores y centros de actividad cultural y social contribuyendo a que la Cinemateca de Cuba irradie influencia a los más diversos ámbitos.  Este rol lo jugarán crecientemente a partir del año 1963 las salas cinematográficas que integrarán a través de todo el país el circuito de arte, y aspiramos a que un nuevo trabajo, que realizarán conjuntando esfuerzos el ICAIC y la Unión de la Juventud Comunista, óptimos frutos. Nos proponemos organizar durante el año 1963, tal vez hasta un centenar de cine-clubs y constituir la Federación Nacional de Cine-clubs que reunirá a miles de jóvenes interesados en el arte cinematográfico y que será, a más largo plazo,  una de las canteras de futuros técnicos y realizadoras, y ahora, inmediatamente, el camino para defender el cine de calidad y promover el interés del público por este.

El año 1962 vio surgir y desarrollarse el Departamento de Divulgación Cinematográfica con sus 32 cines móviles. Cientos de miles de espectadores que antes del triunfo de la revolución apenas si conocían el cine, incorporados ahora a la vida de la cultura tienen oportunidad de ver obras de arte y noticieros, documentales didácticos y enciclopedias populares con regularidad. En los meses de noviembre y diciembre estamos alcanzando promedios nacionales que se acercan a los 150 mil espectadores, pero nuestra meta para los primeros meses del año 1963 nos permitirá dar servicio a cerca de un cuarto de millón de espectadores mensualmente.

A las delegaciones culturales de los países amigos podemos decirles que aspiramos a contar con más documentales y películas de largo metraje y 16 mm que uno de los hechos más importantes de nuestra historia revolucionaria es la incorporación de millones de seres, de muchos cientos de miles de campesinos a la vida cultural, y que tanto los cines-clubs como su Federación Nacional y los cines móviles podrán servirse de vuestra rica y experimentada producción con seguros resultados.

Debo decir que nos sentimos orgullosos con estos comienzos.  La Cinemateca de Cuba y el departamento de Divulgación Cinematográfica, es decir, los cines móviles, han rendido en un año una admirable labor. Mucho esperamos de la colaboración con la Juventud Comunista porque los cine-clubs y la Federación Nacional de Cine-Clubs deben convertirse en la avanzada del cine. Los responsables de cultura y propaganda de la Unión de la Juventud Comunistas han ofrecido cálido apoyo a esta idea común y las primeras discusiones permiten calcular que los cine-clubs incorporarán no solo a los jóvenes comunistas que aman el arte cinematográfico, sino todos los que de un modo u otro se interesan en él. El hecho de que la Unión de la Juventud Comunista patrocine con nosotros este empeño asegura que todo su aparato organizativo lo impulsará, pero debo subrayar otro aspecto del plan. Si de la Unión de la Juventud Comunista esperamos tamaña ayuda, creemos que  la Unión de la Juventud Comunista recibirá recompensa proporcional: la incorporación de los jóvenes masivamente a las actividades culturales, y en nuestro caso al cine, les hará mejores comunistas.

No basta afiliarse a una organización o graduarse en una escuela de instrucción  marxista para servir eficazmente al movimiento revolucionario que nace y va cobrando fuerzas, para hacer más profunda y verdadera la adhesión política, muchas veces plena de devoción y pasión revolucionaria y, sin embargo, no suficientemente eficaz, es necesario desarrollar un sistemático, constante y correcto trabajo ideológico, armar con los elementos fundamentales de la filosofía marxista a los militantes revolucionarios pero, sobre todo, crear las condiciones para que el instrumento ideológico que permite penetrar la realidad más activa y creadoramente no se convierta en un elemento rutinario, respuesta de diccionario para todas las inquietudes y preguntas. Cómo hacerlo.  Creo intentar una respuesta asegurando que lo correcto será garantizar al más íntimo y permanente contacto con la vida real, con la sociedad, con las masas, con los problemas que el desarrollo del proceso revolucionario plantea, no solo a la economía, sino también al hombre, al ser humano real. Después, promoviendo la directa participación en la construcción socialista, en la actividad de la lucha revolucionaria, en la organización, en la discusión y el estudio y en las tareas concretas de la creación de las  nuevas condiciones desde la producción de bienes materiales hasta la defensa.

Y finalmente, y es a donde quería llegar, desarrollando la vida intelectual tanto por la formación cultural como por la información variada y compleja de los más diversos aspectos de la vida, el conocimiento y la apreciación de las artes, la superación por el estudio y la confrontación de diversas tesis y posiciones ante los temas y problemas de la actualidad política, o de la economía, la sociología o de la historia.  Esta es la etapa que comienza con los manuales pero que debe superarlos y es necesario, compañeros, señalar y subrayar que solo una cultura rica, compleja, profunda, variada hace válido el derecho, hace sencilla y llanamente posible ejercitar plenamente el marxismo empleándolo creativamente (aplausos) en nuestra medida y como un elemento de esa formación cultural, sin la petulancia de creer al cine el compendio de todas las manifestaciones de la cultura, aspiramos a que nuestro arte, arte de masas, contribuya a lograr ese objetivo. A esta esperanza nos dan derechos a algunas cifras que prueban hasta qué punto el cine es influyente en la vida espiritual de nuestro pueblo.

Durante el año 1961 las salas cinematográficas cubanas recibieron a 51 millones 394 mil 112 espectadores, en tanto que en los tres primeros trimestres del año 1962 el número de espectadores ha llegado a 42 millones 851 mil 638, lo que permite calcular que, como mínimo, alcanzaremos para el 31 de diciembre nunca menos de 56 millones de espectadores asistentes a programas especiales, actividades culturales específicas, ciclos especiales para los becados, etc., y muy particularmente a los programas de los cines móviles.  Sin embargo, debemos considerar el cálculo inicial de 56 millones como conservador, pues trabajamos activamente para mejorar los promedios durante los meses de noviembre y diciembre.

En el año 191 se produjeron 116 mil 584 programas, o sea, fueron proyectadas 233 mil películas, mientras que en el año 1962, solo durante los tres primeros meses se produjeron 87 mil 438 programas con 174 mil proyecciones de películas lo que permite calcular que para el 31 de diciembre habremos superado con mucho los 116 854 programas y 233 mil proyecciones del año 61.  A esto habrá que sumar los programas y exhibiciones de los cines móviles que no se han quedado atrás, según ha podido apreciarse. En cuanto a las películas cubanas de largometraje podemos decirles que entre el 1º de enero de 1961 y el 30 de septiembre de 1962, se han producido en los programas normales 2 607 exhibiciones con un total de 1 427 084 espectadores.  Estudiando el interés general del público, podemos decir que mientras en el primer trimestre del año 1961 contamos con 12 848 528 espectadores, en el mismo período del año 62 alcanzamos la cifra de 14 283 546, lo que significa un aumento global de 1 435 018 espectadores que es lo mismo que el aumento de un 11,17%.

Estas cifras nos resultan impresionantes sobre todo, porque después de haber situado la mayor parte de nuestra producción nacional en la Unión Soviética y en la República Popular China y en general en todos los países socialistas y algunos capitalistas, calculamos que las películas cubanas, a más de haber dado divisas al gobierno revolucionario, llevarán la obra de nuestros artistas a través de todo el mundo a millones de espectadores.  Es posible decir que solamente en Cuba, los números de Notiero ICAIC, la Enciclopedia Popular y los documentales fueron   vistos, por lo tanto, por no menos de 56 millones de espectadores en un año.

Los directores cinematográficos y en general los creadores, trabajadores y técnicos de nuestra organización saben que su trabajo tiene la mayor resonancia y que su responsabilidad es infinita. Esta tensión creativa, el entusiasmo, la pasión revolucionaria, ha permitido que apenas tres años y medio surjan y se desarrollen un grupo de creadores y cuadros técnicos y organizadores que son la más bella y válida obra del ICAIC.

El grupo que al comenzar este informe llamé de pioneros se ha disuelto en un pequeño mar de creadores y técnicos y para las próximas etapas del desarrollo debemos formar nuevos cuadros ahora y dado el nivelalcanzado, debemos hacerlo en las universidades e institutos cinematográficos y escuelas técnicas, y no hay otro camino.

Para terminar, quiero anunciar que el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos ganó seis premios internacionales en el año 1961 y tiene hata hoy, en el año 1962, ocho  premios, entre ellos dos primeros premios ganados Sestri Levante, Italia; y en Leipzig, República Democrática Alemana, (aplausos) por los documentales Colina Lenin, de Alberto Roldán, e Historia de un ballet, de José Massip, y el tercer premio de joven realizador, uno de los más importantes galardores internacionales, recibido en Karlovy Vary, Checoslovaquia, por El joven rebelde, de Julio García Espinosa.  Esos ocho premios ganados durante el año 1962, son nuestro regalo a la revolución socialista, un regalo de la calidad. El regalo que el ICAIC y sus creadores hacen a la revolución que hizo posible el nacimiento de un nuevo arte, revolucionario por haber surgido en Cuba, y revolucionario por su anhelo de ser cada vez más seriamente un arte.

Estamos de acuerdo con los párrafos del anteproyecto del plan de cultura que señala la necesidad de valorizar el siglo XIX cubano y reconocer y destacar armónicamente la significación de nuestras raíces culturales y, sin duda alguna, apreciamos en toda su importancia la necesidad de promover con el estudio y la superación el surgimiento de nuevos intelectuales procedentes de las filas obreros campesinas que vendrán a enriquecer la obra cultural y trabajarán en el futuro junto a los valiosos artistas que no solo han creado ya notables obras, sino que incorporados a la revolución entregan sus vidas y su arte al servicio del pueblo.

Pero si es justo que todos estos lineamientos se cumplan, es necesario también avanzar, ampliar el campo de la cultura atendiendo asl carácter de nuestra época y a las necesidades expresivas de nuestros creadores. Es necesario crear nuevas formas y descubrir nuevos caminos de profundización y creación artística a partir dela realidad contemporánea. Ello nos permite no solo comprender mejor nuestro siglo, nuestra época, sino también, y quiero subrayarlo, es el único modo de ser modernos, de vivir en nuestra época en nuestro país. Somos, ante todo, hombres del siglo XX, ciudadanos de un mundo en revolución y de un país que nace al socialismo.

El socialismo es, ante todo, impetuoso avance, debemos revisar críticamente el pasado pero jamás dejar que esta revisión nos entrampe y ciegue porque la primera tarea como revolucionarios y como artistas es construir el futuro.  No quiero, un día situado ante el espejo, descubrir tras de nosotros el paisaje de otros siglos, de otras épocas, descubrir que hemos quedado momificados.

Cuando escucho informes que reseñan la incoporación de cientos de miles de trabajadores y campesinos, actividades artísticas a través de movimientos aficionados, no puedo menos que aplaudir, pero cuando apreciamos que no se hace referencia alguna a la siginificación real, artística, de esa actividad, no podemos menos que sumirnos en la preocupación. Está claro que este es un primer paso y que los entrenadores serán cada vez mejores y que cada vez ayudarán más eficazmente, pero es grave que se anuncie el surgimiento de nuevos escritores y poetas y que nada sepamos de cómo serán ayudados.

Muy grave sería que los nuevos cuadros se formen bajo la advocación de la rutina y del academicismo.  Nada hay más moderno que el comunismo, pero también los comunistas pueden volverse rutinarios (aplausos).  Creemos compañeros, que el deber de ser modernos, de descubrir lo moderno, de indagar y experimentar, y rechazamos la tendencia que pretende reinventar la cultura en los sindicatos y en las granjas, y aprobamos apasionadamente cuanto se hace para enriquecer la cultura y la vida cultural activa en las localidades, y saludamos ese como el más grande éxito del Consejo Nacional de Cultura.

Si reconocemos que nada puede hacer sin conocer, reconocer y valorar críticamente nuestra cultura nacional y particularmente del siglo XIX y los años del 30, muchas veces también olvidados, queremos ratificar que, en última instancia, creemos un deber ser modernos, buscar los caminos de la modernidad, situarnos en nuestra época y hacer que el trabajo de los activistas de la cultura, de los organismos y las organizaciones de masas tomen como punto de partida el arte y la vida espiritual de nuestra época.

Como todos los compañeros, diré, para terminar, Patria o Muerte, pero lo digo en el siglo XX, mirando hacia el futuro.  (aplausos prolongados).