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La contundente historia de José Mujica

Latinoamérica entraña una realidad particularmente compleja. Además de un imaginario marcado por el colonialismo y una tradición jalonada por desigualdades sociales, dictaduras militares e injerencias económicas, el área ha experimentado siempre un entramado político bastante trágico, lo cual ha moldeado la subjetividad regional al punto de condicionar las más variadas prácticas culturales. La violencia de la vida social y política de América Latina ha sido un desafío para las estrategias de producción estética. Tanto el discurso artístico local como el emergente en otras áreas del globo interesado en el subcontinente, tienden a explorar sus tramas históricas, cosmovisiones o simbologías, condicionados por el estatus periférico de la zona, por la marginalidad geográfica, por la intrusión hegemónica de los discursos primermundistas… Y en medio de esa espesa red –como en su día hizo el Nuevo Cine Latinoamericano y hacen ahora los realizadores de la contemporaneidad–, se revela muestra riqueza cultural y la necesidad de continuar pensando la experiencia latinoamericana, sus perfiles ideológicos y «formas y usos» de la política.

Como parte de esa línea estética –concretamente del audiovisual– que se sumerge en el paisaje sociopolítico de América Latina, debemos asumir el documental El Pepe, una vida suprema. Movido por una sensibilidad militante para con las diferencias –lo cual ha nutrido su cine de un sesgo antropológico y un pensamiento heterodoxo, preocupado por el modo en que las contingencias históricas o articulaciones culturales afectan el universo emocional y psicológico de ciertos sujetos–, el reconocido director serbio Emir Kusturica urde un interesante retrato de José Mujica, presidente uruguayo entre 2010 y 2015.

Dado que el cineasta reconoce el profundo grado de subjetividad que le es propio al género documental, no teme reconocer su admiración por la personalidad de este hombre que integrara el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. El Pepe, una vida suprema es resultado de un interés por dibujar la excepcionalidad de un individuo; más no es un documental biográfico en su sentido recto, es una indagación en la sensibilidad, en el pensamiento y las circunstancias de un singular político. El material no opera sobre la agenda política de Mujica, aun cuando no deja de subrayar los sedimentos de su programa político, sino que penetra en su vida interior, para rebasar los contornos del mito público. Nos enfrentamos así a la recreación de una historia capaz de dimensionar los múltiples perfiles de una identidad en el transcurso de su construcción.

Este gesto creativo de Kusturica trenza imágenes emocionales y físicas que surcan el devenir social y personal de Mujica, sin caer en el panfleto político rústico. En el transcurso de tres años, se registraron momentos de su actividad pública –más allá de su ejercicio presidencial–, algunos viajes, sitios ligados a su historia personal, así como el vínculo amoroso con su compañera Lucía Topolansky… Con notable habilidad comunicativa, el documental expone agudas conversaciones por las que circulan temas como el estado de la política y las transformaciones del globo. Entre tanto, conocemos detalles de las vivencias de Mujica en la cárcel, de su cotidianidad, de las ideas que sustentan su ideología militante, y de su elección de una vida austera durante y después de los años de gobernación, lo cual, no podía ser menos, contribuyó a su resonancia internacional. El Pepe, una vida suprema no es un sumario de datos y anécdotas sobre Mujica; antes que un minucioso muestrario informativo de su vida, es la observación de su mundo de valores y una argumentación de su diferencia.

Autor de piezas imprescindibles como Underground (1995) o Tiempo de gitanos (1989), Emir Kusturica vuelve a proponer aquí una pieza notable. Desde luego, sustentada por un sólido dominio de la escritura cinematográfica, garante de la certeza de su sintaxis, y por un recio criterio autoral, que escapa a cualquier predefinición estandarizada del género documental. Aclamado por sus irónicas caracterizaciones –no solo de personajes, sino de la historia serbia–, por sus controversiales radiografías de las problemáticas sociales y políticas de su cultura, por su alteración de lo real, su humor negro, su capacidad de distanciamiento y su dominio de los más variados tonos y estilos fílmicos, este creador consuma una obra que dará de qué hablar.

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