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La (des)memoria cubana contra los demonios

Tomás Gutiérrez Alea es un muerto que habla, que grita, que molesta. Y trabajó para eso. Para, aun después de muerto, incomodar, incordiar. Para legar(nos) la incomodidad como una (¿única?) manera de mantener a los potenciales receptores de sus emanaciones intelectuales fílmicas y escritas, aguzados, alertas, vigilantes, sobre todo respecto a ellos mismos. Para mantenerlos en la agonía que Edmundo Desnoes refiere, adora, y en cuyo honor ofrece en holocausto todas sus memorias, tanto las subdesarrolladas cubanas como las desarrolladas estadounidenses:

Yo todavía creo…a pesar todo (sic), que Cuba vive en agonía, el proyecto está totalmente en agonía. Quisiera que los jóvenes asumieran el sentido de trascendencia en lo que hacen, sin abandonar la búsqueda individual, no a través de la voz social: a través de la voz individual y de la conciencia individual. […] cómo salir de esto. Yo lo denuncio, yo no tengo la respuesta de cómo resolverlo. Nosotros intentamos algo y fracasamos. Pero hay que mantener la obstinación de la búsqueda. La búsqueda de la salvación […].[1]

En el volumen, intitulado Memorias del subdesarrollo (Ediciones ICAIC, 2017), presentado en el Cine Club Festival por Arturo Arango, coordinador de la necesaria Colección Guion Cubano, que compila como material complementario esta entrevista brindada originalmente por Desnoes en 2008 a Le Monde Diplomatique, aparecen unas notas de trabajo del director de la famosa cinta (originalmente publicadas en la revista Cine Cubano Nro. 45-46, de 1968), donde, allende su adscripción apasionada al Neorrealismo Italiano, expone sin ambages que

No nos importa, en definitiva, reflejar una realidad, sino enriquecerla, excitar la sensibilidad, desarrollarla, detectar un problema. No queremos suavizar el desarrollo dialéctico mediante fórmulas e ideales representaciones, sino vitalizarlo agresivamente, constituir una premisa del desarrollo mismo, con todo lo que eso significa de perturbación de la tranquilidad.[2]

Y, como una cuña, entra en escena José Ortega y Gasset, para reafirmar que sin “opiniones, la convivencia humana sería el caos; menos aún: la nada histórica”.[3] Lo que complementaría Gutiérrez Alea afirmando que “solo se puede transformar la realidad —y transformarnos a nosotros mismos mediante esa práctica— si se tiene una actitud crítica ante la misma”[4].

Contrario al guion original que ahora publica Ediciones ICAIC en la colección coordinada por Arturo Arango, donde la cinta —inicialmente titulada Páginas de un diario— hubiera iniciado con el suicidio de Sergio, la Memorias… concretada finalmente en el celuloide, evita enunciar o establecer un final nítido y preciso, que hubiera acercado más a la cinta al espíritu y la suerte de un también muy cercano Doctor Zhivago.

Termina remitiéndome —caprichosamente, pero al final me brinda los suficientes asideros para ver lo que quiero ver en la película— al final trunco de El castillo. Con todo y su paneo a lo Antonioni. Sergio termina parapetado, naufragado, en su castellano apartamento, con su clásico telescopio, con su faz impasible e inmarcesible, la cual, a pesar de las constantes revelaciones en off de sus concepciones, se reserva una dosis nada despreciable de misterio. Quizás insinúa un segundo estrato de sentidos que se esparce rizomática pero clandestinamente a lo largo de toda la cinta, e inquieta más por sus reservas que por sus (auto)confesiones. La inclusión de la secuencia del suicidio hubiera saboteado mucho este fantasma incordiante que recorre el mundo de Sergio (Malabre en la novela).

Así mismo sucede cuando en la trama de su corto Il sogno de Giovanni Bassain (El sueño de Giovanni Bassain, 1953) no acreditado a su autoría, dada su condición de estudiante extranjero del Centro Sperimentale sin derechos a filmar, se vislumbra —también caprichosamente, y hasta de manera antojadiza— un germen de la casi terrorífica La última cena. El personaje de Bassain sueña doblemente que la vida le obsequia tesoros escondidos con azarosa bondad; pero al final de la historia y algunos avatares, se enfrenta a la dura fatalidad de su pobreza. En La última cena, la concordia preconizada por el amo azucarero en Semana Santa, puede bien representar el sueño vindicatorio de sus esclavos reunidos como iguales en opíparo banquete, donde Saturno se enmascara en Cristo, hasta que los ingenuos esclavos despiertan de su sueño de justeza bajo las dentelladas caníbales de este otro terrible y previo Dios Padre que devoró a sus hijos. Como el otro Dios Padre de los hebreos lanzó a su único descendiente a que fuera devorado de igual o más horrenda manera por los hijos de Adán.

Alea sí parece compartir la soledad y el aislamiento del Sergio que fue antes Malabre, pero que es también mucho Desnoes, quien declara (y Alea también, quizás) seguir

pensando en la salvación a través de la literatura y del arte, del cine. Buscar una salvación y no el éxito. La búsqueda es siempre solitaria. Todos los mitos occidentales son de un individuo solo, que está buscando.[5] […]

Por eso Sergio no puede terminar suicidándose…ni Titón olvidado, ni la historia muerta en una tumba de tedio, sobre la cual termine pataleando una turba alienada de tanta desmemoria; ebria de tanta sabrosura salvaje tras la que se emboza un vacío nunca saciado con tantos torrentes de sonido y furia subdesarrollados. Endemoniados. Sobrevivientes. Preguntando, como un mantra o una consigna, por una Teresa que nadie sabe quién es. Porque quizás ni existió. ¿Pero dónde está Titón?

Notas:

[1] Censig, Javier, Iana Cossoy Paro, Thiago Mendoça y Moara Passoni: “Memorias del subdesarrollo, dramaturgia y América Latina. Conversación con Edmundo Desnoes”, en Memorias del subdesarrollo, Ediciones ICAIC (Colección Guion Cubano), La Habana, 2017, p. 159

[2] Gutiérrez Alea, Tomás: “Memorias del subdesarrollo: notas de trabajo”, ob. cit. p. 139.

[3] Ortega y Gasset, José: La rebelión de las masas. Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1955, p. 135.

[4] Gutiérrez Alea, Tomás: “No siempre fui cineasta”, incluido como Anexo en García Borrero, Juan Antonio: El primer Titón. Editorial Oriente (Colección Diálogos), Santiago de Cuba, 2016, p. 133

[5] Censig, Javier, Iana Cossoy Paro, Thiago Mendoça y Moara Passoni: “Memorias del subdesarrollo, dramaturgia y América Latina. Conversación con Edmundo Desnoes”, en ob. cit., p. 163

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