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La Habana: la ciudad del Festival de Cine

Los Zafiros no fueron los únicos en su intento por apresar el encanto de esta ciudad que, desde hace cuarenta años, recibe a quienes acogen la convocatoria del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano como una cita ineludible en su agenda.

Carpentier describió la «ciudad de las columnas» como escenario ideal para el acoso de un delator que a Buñuel le interesó adaptar. Era un pretexto para redescubrir el lugar donde su padre amasó la fortuna familiar. El ángel exterminador tampoco pudo filmarse en una residencia de Miramar ni sobrevoló las calles habaneras, pero a ellas volvieron una y otra vez Manuel Altolaguirre –el argumentista y productor de su Subida al cielo– y el actor Francisco Rabal. Este llegó primero con tal barba de Marqués de Bradomín que le confundieron con un barbudo de la Sierra, y volvió muchos años después para personificar al gallego concebido por Barnet y Manuel Octavio Gómez. Quién sabe si Juan Antonio Bardem vio su Calle Mayor en el Paseo del Prado donde nuestra Rita cantara como nadie «El manisero» para la cámara de Ramón Peón.

Esos portales –que guarecieran a Lezama o a Virgilio Piñera de alguna corriente de aire frío– recorridos bajo los efectos etílicos por Ava Gardner, el Indio Fernández, Hemingway o Tracy –su fornido Santiago en la versión fílmica de El viejo y el mar–, vieron pasar imperturbable a Alec Guinnes ese «hombre en La Habana» de Graham Greene, acechado en cada esquina por un trío de cantantes. Mientras tanto, Celeste Mendoza bailaba en un solar cercano un guaguancó como ninguna. Tocaba tumbadoras junto al Chori un Marlon Brando, despojado de la piel de víbora que años después de su memorable actuación en Un tranvía llamado Deseo le endilgara Tennesse Williams, no menos fascinado por la sensualidad de los mulatos habaneros. Quién sabe si sus visitas a la residencia de la familia Loynaz en el Vedado le inspiraron para delinear en De repente en el verano, los personajes y la locación. En medio del humo de los cigarros del cabaret La red, Sartre y Simone manifestaron su asombro ante la fuerza telúrica de La Lupe, reina absoluta de esa noche que, años antes de su (nuestra) Teresa, retratara Pastor Vega en un cortometraje.

Impactados ante las imágenes de Soy Cuba es comprensible el deslumbramiento del fotógrafo soviético Serguéi Urusevsky, quien hizo volar su cámara sobre el laberíntico trazado de La Habana vieja como las cigüeñas del georgiano Mijail Kalatózov, encaprichado en ponerle voz a la Isla. La atmósfera única de esta capital de la mayor de Las Antillas se resiste a ser reproducida en Santo Domingo, Veracruz, Río, Cádiz o cualquier set hollywoodense, aunque su eclecticismo arquitectónico permita evocar alguna imaginaria urbe no solo del continente. El entrañable actor italiano Gian María Volontè asumió aquí los rasgos del Tirano Banderas de Valle Inclán, el galo Michel Auclair los del Señor Presidente de Asturias y el chileno Nelson Villagra al Tirano Ilustrado carpenteriano. David Lean se quedó con los deseos de rodar en locaciones habaneras su versión del Nostromo de Conrad.

Para Cesare Zavattini, el encuentro con La Habana no fue menos milagroso que aquel de Totó con una fabulosa Milán. Pasolini postergó tanto su ansiado viaje que nunca pudo contemplar una puesta de sol en el Malecón. Mucho años antes de que la Cecilia de Solás, esa suerte de Livia caribeña, se perdiera gritando entre sus enmarañados callejones o el David de Senel Paz emprendiera un viaje iniciático a través de sus encantos, el Sergio –más de Titón que de Desnoes– la atisbó con su telescopio. Asimismo, descubrió las azoteas en las que Laurita invocó casi tres décadas después a la mítica Madagascar, antes de que Fernando Pérez orquestara su antológica suite. De cierta manera, Sara Gómez prefirió ver los contornos de sus edificios desde la periferia y Nicolás Guillén Landrián se adentró en una de sus vetustas barriadas.

A Glauber Rocha le gustaba subir para mirar la ciudad y contar historias, mientras soñaba con los ojos abiertos en un intento por sincronizar la imagen y el sonido de su película Cáncer o escribir la Historia de Brasil desde una moviola en el ICAIC. Era el único lugar donde podía caminar por las calles y sentirse igual que en Bahía. Cuba estaba siempre en su camino, se fuera o volviese, como para tantos otros cineastas latinoamericanos que hallaron aquí su casa y en esas mismas moviolas vieron cobrar cuerpo a sus obras. Si en una mansión habanera la Halma del Gabo, personificada por Hanna Schygulla, se alquiló para animar los sueños de una familia, Fernando Birri, el señor muy viejo, pudo revolotear con sus enormes alas en el poblado devenido garciamarquiano en las cercanías de El Mariel.

Transcurrieron ya cuatro décadas de aquella noche del 3 de diciembre de 1979, cuando se inaugurara en el cine Charles Chaplin la primera edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, al que llamamos comúnmente Festival de Cine de La Habana. Año tras año, cada edición confirma que el público cubano –indescriptible, según opinión de cineastas de todas partes–, solo se ha dejado conquistar sin ofrecer la menor resistencia, por el cine.

La primera quincena de diciembre deviene un esperado acontecimiento de índole popular; muchos reservan sus vacaciones para dejarse arrastrar por el torbellino fílmico que azota inclemente durante estos diez días las calles de La Habana, próxima a festejar 500 años; personalidades de todo el mundo destinan un espacio solidario para compartir intensas jornadas en las que sale fortalecido el cine del continente. La historia de esta «tierra de rebeldes y de creadores», al decir de Martí, no puede dejar de ser contada por sus cineastas.

 

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