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La música en el cine documental de Rigoberto López

En la foto: Fernando Pérez, Reynaldo González, Jim Sheridan y Rigoberto López.

El Festival de Cine de La Habana lamenta la desaparición física del cineasta Rigoberto López. Con este artículo sobre su obra cinematográfica, el Comité Organizador recuerda la impronta del director de Yo soy del son a la salsa.

Yo soy del son a la salsa

José Loyola Fernández

Resulta esencial destacar, desde un primer momento, que presencia de la obra de Rigoberto López en este texto obedece — fundamentalmente a la calidad y proyección de sus ideas y talento para tratar el tema de la música, cuya incursión desde el documental adquiere aquí una relevancia extraordinaria, pues el cineasta que la aborda es un realizador apasionado por la música popular cubana y sus modalidades, a partir de su contacto con ese entorno sonoro desde edad temprana y gracias a las influencias y relaciones con personalidades relevantes, entre ellas: intérpretes, compositores y también agrupaciones emblemáticas. Esto contribuyó a establecer el acercamiento natural, la atracción que coadyuvó a conformar en él una conciencia musical auditiva y reflexiva acerca del arte musical cubano. Sin dudas, su reflejo en la imaginación sonora del futuro realizador tuvo mucho que ver con su posterior plasmación audiovisual, dónde la música llega como un puerto de conocimiento profundamente asimilado, más bien asumido desde lo interno. No es una fuente descubierta en el camino, cuya agua pura se bebe por necesidad. Es un surtidor permanente que emite por sí mismo el líquido maravilloso que puede mezclarse con otras materias, en este caso el cine, fusión inseparable e indispensable desde que el sonido llegó a la pantalla para construir la poética nueva de un arte integral, un arte nuevo: el audiovisual.

Esa poética nueva está presente en la obra de Rigoberto López, donde también influye la poética musical, no solo en Yo soy del son a la salsa, sino también en Junto al golfo, El viaje más largo y otros documentales. Se encuentra en su cine de ficción, cuando la refleja intensamente en Roble de olor. La música desempeña un papel fundamental en la proyección de sus ideas, en la originalidad con que aborda la dramaturgia fílmica. Se aprecia en las temáticas vinculadas al sentimiento de patria, de cubanía, en el lenguaje audiovisual, en el conjunto de la película integralmente. El propio realizador confiesa que en su primera noción de patria y de ser cubano influyó considerablemente la música que escuchaba desde niño en su barrio, donde “en una esquina estaba Chappottín; en la otra, Vicentico Valdés; más arriba, la Aragón; y más acá, Benny Moré. […] por eso considero el valor dramatúrgico, expresivo, de la música en sí misma para conformar eso que se llama cine”.

Esas cualidades permiten, además, que un realizador como él posea un sentido tan agudo de la música para dominar el proceso de la doble selección: la del creador musical, que por afinidad con su obra prefiere para trabajar determinado drama fílmico, y después, la música de ese creador. Ello conduce a la elevación de los conceptos sonoros empleados en sus filmes, porque no es la música un elemento de ilustración, es parte de la dramaturgia, bien sea una obra de ficción o un documental. Así sucede en Yo soy del son a la salsa, una película documental de 98 minutos de duración, multipremiada.

En el guion de esta película documental de 1996 contó con la colaboración de su amigo el escritor Leonardo Padura, dada la variedad de temas y compositores seleccionados. En el sonido estuvo Carlos Fernández, la fotografía fue de Luis García y José M. Riera y la edición recayó en Miriam Talavera. El cantante Isaac Delgado fue seleccionado para llevar el hilo conductor. Este documental fue producido por Rigoberto López con la Broadcasting Images como productor asociado y Ralph Mercado en la producción ejecutiva.

Yo soy del son a la salsa, constituye una gran contribución al conocimiento de la música popular cubana, sus autores, intérpretes y teóricos más relevantes. Al mismo tiempo, aborda con profundidad la polémica que en determinada época se estableció en torno a la denominada música salsa. Es, además, un estímulo para ahondar en el estudio de la música cubana, su repercusión en el área geográfica del gran Caribe y lo que defino como las interinfluencias con otras músicas del entorno latino.

Pero lo más importante, es que otros estudios que han logrado una aproximación a la temática, tanto de las manifestaciones de la música popular cubana como de la salsa, se han realizado par-tiendo desde distintas ciencias y artes, entre ellas: la musicología, la sociología, el ensayo literario, el enfoque histórico, los compendios periodísticos. Sin embargo, en este caso el estudio se realiza desde un arte tan integral como el cine, más específicamente el cine documental, con su lenguaje audiovisual, capaz de teorizar, reflexionar, analizar, presentar una “ponencia fílmica” y simultáneamente hacerlo combinando la visión científica con la expresión artística mediante la comunicación impactante de la pantalla cinematográfica.

Se debe destacar, la coherencia morfológica de este documental, el cual reúne varios componentes que intervienen en la historia que se cuenta: la conducción del relato cinematográfico por parte de un artista en vivo, en pantalla; la continuación del relato o recitativo hablado a cargo de un narrador en off, la presentación artística de solistas y agrupaciones en pantalla -con material de archivo o filmadas para esta película-, la entrevista a músicos famosos o especialistas relevantes y la aparición interactiva del público bailador o del espectador melómano. Algunos de estos componentes han sido utilizados por otros directores, aunque en esta obra el nivel de creatividad rebasa las fronteras de los senderos.

Además de la exposición propiamente fílmica, existe una concepción musical en la construcción del lenguaje dramatúrgico del documental, es como si el realizador estuviese elaborando la película con el aparato orquestal del que dispone un compositor, o si un creador musical elaborara las sonoridades por intermedio de una cámara cinematográfica, aunque cada arte tiene una representatividad independiente y particular. Se evidencia en aspectos que por primera vez son empleados, como el contrapunteo fílmico entre el conductor en pantalla y el narrador en off, que junto al resto de los componentes forman una franja de elementos, que en algunos-momentos son como una sucesión de acordes fílmicos integrados por varios elementos en un bloque compacto y en otros constituyen una invención pe fónica contrapuntística de imágenes, voces, música y efectos sonoros en un mismo segmento. Es verdaderamente algo novedoso, por ello constituye uno de los paradigmas del cine documental de temática musical.

La relevancia de esta película se potencia con el argumento que sustenta la urdimbre de la obra, la cuestión cardinal: los diversos criterios sobre la denominada música salsa. Es necesario recordar que en determinado periodo de los años sesenta y setenta del pasado siglo, y en diferentes entornos latinoamericanos y caribeños se expresaron criterios -no siempre de manera positiva- de que el son se había ido de Cuba, que era como decir que no existía o había emigrado definitivamente. Otras teorías con muchas falencias en sus fundamentaciones se ocupaban de convencer acerca de la desaparición de los elementos de la música cubana, devorada por otras corrientes estéticas extranjerizantes. Por eso esta película adquiere un alto valor no solo como expresión puramente artística, sino que su alcance va más allá para convertirse simultáneamente en una crónica de la verdad sobre la música popular cubana contemporánea.

El realizador se vale de todos sus conocimientos y posibilidades con el fin de recoger las definiciones, razonamientos, declaraciones de los “ponentes” artistas y especialistas, en Cuba, Estados Unidos y Puerto Rico, cuyas experiencias son decisivas para la comprensión de un fenómeno complejo y polémico, y al mismo tiempo tan atractivo e interesante. La exposición de la temática transcurre en la pantalla como un ejercicio pedagógico magistral, que al utilizar un discurso eminentemente músico-fílmico logra convencer al espectador, al mismo tiempo que lo hace reflexionar acerca de similitudes y diferencias, de raíces y evolución, de identidades y transformaciones, de génesis y confluencias e interinfluencias.

Rigoberto López hace una historia de las corrientes musicales contemporáneas de prosapia soñera, donde se manifiestan los conceptos relacionados con el término salsa. Ocasión qué aprovecha para que los propios creadores de la terminología, expliquen la génesis del nombre y la fundamentación que justifica esta expresión tan caribeña. Con su maestría logra abarcar toda la problemática y ajustarse al tiempo de duración de este documental de largometraje. Para ello, apela a la síntesis, valiéndose de la narración en off que hace el actor en esa especie de recitativo hablado. También aparece apoyada por la conducción en pantalla a cargo del cantante Isaac Delgado, que como hemos expresado anteriormente, va alternando sus intervenciones con la del narrador en off y con los segmentos musicales del audiovisual. El realizador monta la narración de una época a otra, de un artista a otro, de una agrupación a otra, incluso de una localización geográfica a otra —de La Habana a Nueva York, de San Juan a Miami—, del blanco y negro de las imágenes a las de color y viceversa. Todo con un manejo magistral, que en Rigoberto López transita por dos senderos fundamentales: al adentrarse en la investigación fílmica de la temática contenida en la música y las tradiciones del Caribe, y en el traslado al cine, desde el ámbito literario, de fenómenos tan polémicos e interesantes como la relación salsa y son.

Es una historia de la sonoridad caribeña, que al mismo tiempo que está relatada oralmente en la pantalla por varios de sus protagonistas, se aprecia a través de los sonidos y de las imágenes. El espectador se marcha de la sala cinematográfica con la mente plena de vivencias inolvidables, dispuesto a retomar el hilo conductor de la narración, a retornar a una reprise de la proyección y a contar escena por escena, secuencia por secuencia, la maravilla que acaba de experimentar.

Otro de los méritos del documental, es la posibilidad que ofrece al espectador de poder apreciar o confrontar los estilos de interpretación de los cantantes y músicos cubanos residentes en su país y las representaciones interpretativas de los artistas puertorriqueños,- neoyorkinos y de otras nacionalidades en la ejecución de la música salsa, el son de raigambre más auténtica y las modalidades derivadas de ambas corrientes qué han desembocado en la denominada timba. El filme pone a disposición del receptor audiovisual los diferentes estilos interpretativos.

A diferencia de otros audiovisuales, que apelan al contraste solista-conjunto, el contraste musical de esta película se basa en la alternancia grupal. Prevalece el protagonismo de los ensambles con sus sonoridades diversas y características, aunque estén al frente de ellas destacados cantantes solistas, cuyo rol artístico se integró al conjunto. Esta exposición de actuaciones colectivas en sucesión es muy compleja, sin embargo, el realizador la maneja magistralmente y constituye una de las innovaciones del filme. Es una confrontación de sonoridades que resulta atractiva, interesante y, a la vez, contribuye al conocimiento de la diversidad del universo sonoro caribeño. Asimismo, rompe con las barreras del asilamiento apologético en una u otra franja geográficas, para demostrar que el concepto de cubanía rebasa las fronteras artificiales del pensamiento falsamente adocenado, expresión casi siempre de incultura.

Cada personalidad o figura artística que comparece en el documental desnuda su mundo interior, la pasión, y refleja lo emotivo de un reencuentro con sus esencias, con sus raíces; encuentra los verdaderos nutrientes que lo colocaron en la cumbre, en el altar supremo del artista que es y no otro. Se derrumbaron aquí las murallas a la comprensión, al entendimiento de quiénes somos, dónde estamos y de dónde venimos. En fin, en la película se combinan la razón y la emoción, para llegar a un todo aglutinador, al realismo de la cubanía.

El conjunto de la obra de este realizador, merece el esfuerzo fructífero del seguimiento investigativo, del regreso a escudriñar en las esencias que subyacen en otros de sus interesantes filmes, ya sean documentales o de ficción, que aguardan por el análisis profundo desde la teoría de la música con la óptica del cine.

Tomado de: “La música en el cine documental cubano”. Ediciones ICAIC, 2017

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