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La telenovela, ¿mensaje o masaje?

Este texto fue publicado en el Diario del Festival, a propósito de varios seminarios sobre las telenovelas que el evento coordinó.

Reynaldo González

En un mundo convulso que se acerca al final de un siglo con más interrogantes que como lo comenzara, donde la sucesión de desgracias nos asalta desde los teletipos como rosario de penas transoceánicas, es motivo de asombro que las telenovelas puedan seguir acaparando el favor público. Pero sucede. Necesidad de “soñar despiertos”, dicen unos, catarsis colectiva afirman otros. Simple pasatiempo de multitudes, asumen algunos con envidiable inadvertencia. Imposición de los omnipresentes mass media, regañan apocalípticos naturalmente no integrados, a un tiempo que nos recuerdan cómo, aunque las fórmulas epocales variaron, la telenovela reitera las manías de sus antecesores, el ilustre folletín francés decimonónico y la radionovela jabonera.

Lo cierto es que las telenovelas continúan dando quehacer a los cronistas, imponiendo roles de comportamiento, temas de conversación y debate, estableciendo en la gente de la televisión de todo el mundo la disyuntiva de negarles eficacia o pretender imitarlas para compartir, al menos, un pedazo de su éxito. Estos productores, técnicos y promotores sí que están de lleno en esa trampa, son los más interesados en esclarecer las sutilezas no tan sutiles del Imbrogllo telenovelístico, ya sea para irle en contra o para apropiarse de sus soluciones.

En estos días habaneros en que nos reunimos a repasar lo mejor de la producción fílmica y televisiva latinoamericana reciente, tendremos un rival atendible, la telenovela brasilera “Roque Santeiro” (¡al menos ésta no es llorona!). Ella roba la atención de quienes optaron por el entretenimiento. Y eso sucede en un país que, como es verdad reiterada, es una excelente plaza para ver buen cine, sin los fórceps del comercialismo y gracias a mañas de birlibirloque que se hurta a las zancadillas del tenaz bloqueo cultural. Pero también aquí tiene su papel protagónico la telenovela, de diversos orígenes, en esa pequeña pantalla que como sabemos tiene grandes efectos Por consiguiente, resulta obvio que estamos en el lugar indicado para debatir el tema, siempre que hagamos lo que imponen las buenas costumbres y no interfiramos en el sacrosanto horario de trasmisión de la telenovela de turno.

Antecedentes radiales: El derecho de nacer

En tocante a esos seriales dramatizados tengo una experiencia que deseo comunicarles. A pesar de distancias fenomenales, pude seguir sin tropiezos las desventuras lacrimosas de “La esclava Isaura”, comenzadas en Roma, seguidas en Managua y concluidas con los acordes recurrentes de la marcha nupcial en La Habana, y coincidir con su protagonista femenina en varias capitales a donde iba recibiendo honores como si fuera una grande de la escena internacional. Es la amplificación a nivel de mapa-mundi del éxito de “El derecho de nacer” en su versión original, auditiva. Cuando en todos los países latinoamericanos podía seguirse de cuadra en cuadra porque en cada casa la tenían clamorosamente conectada. Aquel novelón cubano conmovió lagrimales desde Lima hasta Tokio, devino virus implacable de multitudes y llegó al cine dos veces, como corresponde a los grandes éxitos. La segunda versión fílmica no fue vista en Cuba, donde tampoco muchos saben que la calamitosa “Mamá Dolores” intervino luego en aventuras de detección policíaca.

Precisamente con “El derecho de nacer”, del cubano Félix B Caignet (engendro llorón que eclipsó su grandeza como compositor de aires populares), se desencadenó el declive de aquellos productos primero concebidos “para ser vistos con el oído” y luego vestidos de color para la pantalla. Siguiéndole el rumbo a aquel culebrón infinito tendremos la trayectoria de la radiotelenovela como fenómeno en los avatares que impone la seudo cultura de (para las) masas. Y claro que decirlo es fácil. Lo difícil es desentrañar las motivaciones de su alcance, sus intríngulis y la razón de su empecinada perdurabilidad. El tema, no se asusten, nadie espera que resulte agotado en un seminario, aunque sí todos desean acercarse a un entendimiento unívoco.

Características de la producción media

El asunto de las telenovelas y su preferencia en los televidentes es uno de los temas más arduos y que más urgencia posee en cuanto a su comprensión. Nadie discute el hecho de que muy contados argumentos telenovelísticos “avanzan”, montados en ese barril sobre el agua que es la “trama” (y sus “subtramas” adjuntas), que sucede sin sucesos, ese masaje sin mensaje de cada capítulo, y las interrogantes de si todo eso en verdad “culturiza”, o informa, o logra establecer un estilo, o adscribirse a una escuela que no sea el más ramplón melodramatismo para andar por casa. Allí zozobran todas las intenciones artísticas, o no es buena telenovela. Lo demás es el injerto.

Independiente de los intentos y hasta de logros dispersos, la producción standard de telenovelas  sigue un patrón establecido desde sus comienzos y accede a provocar en sus consumidores los más pasionales e irresolutos arranques de autoconmiseración. Pensar lo contrario sería tomar lo excepcional por regla y no, como corresponde, como algo que en el conjunto monopólico de ese tipo de mensaje resulta incómodo y difícil para el consumidor habitual. Debemos saludar los intentos, exaltar los logros, pero no olvidar ese trasfondo inamovible que es la telenovela latinoamericana, su resignación a los tironeos del rating y su falta de aspiraciones artísticas.

Por otra parte, la existencia de una preferencia real, de un hábito masivo y poderoso en el público latinoamericano hacia ese tipo de mensajes televisivos ¿no impele al  creador auténtico a proponerse la subversión, buscar el culebrón diferente, como afirmara García Márquez, y aprovechar esa adicción para entrar siempre entendiendo que lo hace de estraperlo una variante que eleve el nivel promedio? Algunos lo han intentado con éxito en mínimas pausas de la programación general y abrumadora.

Todo lo anterior se ha planteado ya en foros internacionales con la participación de creadores y teóricos. La queja reiterada de que el lenguaje del género reduce toda proposición artística a un manierismo inconducente, no basta. El desarrollo de una fórmula que se estableció como eficaz y rindió pingües dividendos a las casas productoras, quedó acuñado como “oficio” y “logro” y sus realizadores y  técnicos como “expertos”. Luego devinieron valladar contra el que chocaba todo intento de cambio.

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