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Las buenas intenciones de Ana

Foto: Ariel Ley

La paternidad, desde los roles de género asignados socialmente, se asume desde las actitudes individuales. Causas y efectos que determinan contextos. Cada acción tiene un impacto único. Las relaciones entre los padres sus hijos e hijas pueden estar condicionadas “por buenas intenciones”. Ana García Blaya lo muestra así, en un homenaje autobiográfico a su papá, después de su muerte. Hoy, su largometraje concursa en la selección Ópera Prima del Festival de Cine de La Habana.

“Lo que sucedió con esta película es que la hicimos. Hacer, en estos momentos, es resistir. Hay que seguir haciendo, nosotros, «los privilegiados», no es que cualquiera pueda hacer un largometraje. Hay que remar mucho. Las mujeres tenemos que dejar de trabajar en algunas ocasiones.

“Me decía que era más fácil tener un hijo que terminar una película; pero hay que seguir, para que la gente con sensibilidad siga haciendo. No podemos dejarnos ganar por los que intenten apagarnos.”

¿Qué son Las buenas intenciones?

Esta película es como la vida. A veces, alguien se presenta como “el malo”, pero simplemente son las vicisitudes y, en aquel momento, las decisiones que se determinaban en un país que constantemente ponía palos en la rueda para trabajar y crecer dentro del Neoliberalismo de los años ´90.

Todo lo que sucede ahí es el punto de vista de una niña de 10 años en esa época. Muestra una infancia que era vivida con felicidad a pesar de los problemas. De lo que sucedía, de las crisis económicas, de padres separados. Era una vida que para los niños era llevada con alegría. Ese es el punto de vista que se respeta: ni el del papá, ni el de la mamá, solo el de la niña de diez años.

A pesar de las buenas intenciones pude decir, a través del cine. Fue un hecho traumático lo que sucedió. Nuestra separación. Me di cuenta de grande, de chica, lo vivía. Era la realidad que nos tocaba, pero no recuerdo mi infancia como algo triste. Esa alegría en el medio del caos está reflejada en la película. Es mi percepción. Cada uno lo vivió todo de una manera diferente.

¿Cómo escoger a la niña que te interpreta?

Lo difícil es creerles a los chicos en el cine. Si no les crees, se te cae toda la película. A Amanda la encontré primero. Son hermanas las dos nenas. Las vi en Instagram cantando. Luego hicimos un casting largo de niños y ella lo rompió.

Cuando tuve a las niñas, más Ezequiel, busqué al padre. Sin niños, tal vez ni empezaba nada. Hicieron juntos la escena en que ellos hablan de que se van a ir a vivir a Paraguay. Ahí lo supe. El resto se fue agregando, pero no tuve dudas.

Llegaron hechos una familia al rodaje. Se aprendieron las letras, las canciones. Hay mucha música en la película. Era parte de la que escuchábamos y la que escribió mi papá.

También hay mucha música compuesta por mi hermano y su banda de Paraguay. Se convirtió en un proyecto familiar. Mi hermana fue la productora. Otra hermana maneja las redes. Mi prima fue la vestuarista. Así que estamos todos metidos en la película, en un proceso entre duelo, transformación, sanación.

¿Qué sucedió entre Ana y su papá después de la separación?

Mi padre conocía sus limitaciones. Su primer acto de madurez fue dejarnos ir. Si en un principio se lo pudo haber tomado como una batalla con mi mamá, porque él tenía tanto derecho como ella; tal vez, cuando nos dejó en el aeropuerto lloró un poco y se fue a fumar un porro con sus amigos. Pero a los tres años, me llama y me dice: “¿vuelves? Me lo prometiste”. No le pude decir que no. Allí fue toda la película, pero al revés.

Te ibas contagiando de su forma de pensar, de su filosofía. Él necesitaba “tener poco para no tener que ganar tanto” y poder tener una vida relajada, hacer su música.

Grabó 4 discos. Tuvo 6 hijos en total con 4 mujeres diferentes, pero siempre estuvo. No en condiciones ideales, pero a donde iba, te llevaba. Yo le llevo 28 años a mi hermana menor, por ejemplo, y todos nos seguimos reuniendo aún sin él.

Si bien, duré viviendo con él unos meses, por suerte, volví. Vivir fuera de tu país es muy duro. La patria también es la patria. Tienes a tu familia, tus amigos, lo cultural que te rodea es importante. Le agradezco a mi padre las pequeñas cosas que me guiaron. Es bueno estar en tu país.

¿De qué manera convertir al actor en el recuerdo de lo que fue tu padre?

El actor que interpreta a mi padre se transformó. Aprendió a tener esa tormenta interna. Aprendió a caminar como yo le mostraba que caminaba mi papá. Yo quería un aspecto más de fumador descuidado y, cuando terminamos de filmar, me dijo: “ya entendí el personaje, filmemos todo de nuevo”.

Algo que tenía claro mi padre es que necesitamos tener tiempo de ocio. Le llamaban vago, pero cuando le gustaba un trabajo podía no dormir haciendo eso. Era imposible enojarse con él.

No obtenías nada enojándote, sino todo lo contrario. Me enseñó a vivir con poco, a disfrutar los momentos. No me dio plata, pero me formó. Él leía mucho y yo detrás. Me enseñó la gente que de verdad valía la pena, a ser de izquierda, militante.

La película cuestiona qué es realmente estar como padre. ¿Aportar económicamente? Sí, hay que ser un poco más adultos, tener madurez, pero si estás presente como puedes, aunque no alcance, y demuestras que haces lo mejor, eres un buen padre también. A veces tenemos las condiciones dadas para pagar todo, pero nos ausentamos.

Todos somos limitados. Yo como madre también pongo lo mejor, mis “buenas intenciones”, pero entendí que no se puede ser un padre o una madre perfecta. Sí se puede transmitir que uno hizo lo mejor que pudo a pesar de equivocarse. Rescato eso.

Creo que no hay que dejar de hacer, además de planificar cosas que llevan mucho más tiempo. Y hacer es resistir. Hay que seguir resistiendo donde sea, hasta en este lugar de privilegio que es el cine. Siento que necesito hacer, para que después muchos más puedan continuar haciendo.

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