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Lissette Orozco: “decidí ser consecuente con mi propia ética y no traicionarme a mí misma.”

El pacto de Adriana, documental chileno de Lissette Orozco, resultó reconocido con el Premio Especial del Jurado en el 39 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

Aunque la dictadura chilena es un tema que no ha sido ajeno a las pantallas del evento, en esta ocasión, la mirada de esta realizadora da un nuevo rumbo al análisis de este período histórico conjuntamente con el Chile actual.

En tu documental la verdad y la sinceridad son los mejores defensores que puede tener la ética. Además de las dudas obvias y personales que pudieron surgirte durante el proceso, ¿te planteaste cuestionamientos éticos?

Efectivamente, la película es una lucha ética constante. Ese es mi conflicto interno como personaje. El espectador/público viaja conmigo por la lucha de la verdad, en un inicio creyendo que la ídola es inocente o mejor dicho, queriendo que lo sea, y el quiebre es el momento en que como personaje debo poner en una balanza el cierre de este viaje: por un lado están los afectos y por el otro mis propios valores. Cuando pensaba en los afectos sentía que traicionaba a mi tía y mi familia por sacar a la luz un secreto familiar, pero cuando dimensioné que esos secretos familiares se transforman en los secretos de un país y que podría hacer un trabajo con un aporte de conciencia, decidí ser consecuente con mi propia ética y no traicionarme a mí misma, para poder concluir el proceso.

La relación entre lo político y lo personal está presente durante toda tu película. Esta relación es muy difícil analizarla en el día a día de los seres humanos, ¿cómo fue para ti?

Esta película es un documental personal en su origen, lo político funciona como contexto, pero ambas cosas van orgánicamente unidas en la obra. Por el lado de mi tía, analicé que se escuda de una educación política militarizada y que continúa con esa postura hasta ahora, ya que sus fundamentos, discurso o forma de pensar están ligados o estancados en la época de la dictadura. Y en mi caso la conciencia política es el gran aprendizaje que tuve a lo largo de la realización del film que me hizo madurar como persona.

En el momento de hacer la película tuve que tomar decisiones y dejar dentro del montaje nuestra relación, priorizando lo personal. Sin embargo a lo largo de cinco años de realización, se grabó material importante, como a los abogados de derechos humanos que llevan la causa de mi tía, a las víctimas, el juicio que le hicieron a mi tía en Australia, un psiquiatra que la estudia, etc. No quise perder la oportunidad de educar y formar a otras personas como lo hice yo en este viaje, por lo mismo creamos una página web de la película donde lo político y el contexto se encuentra en 11 videos de 3 minutos aproximadamente, que complementan y aportan el discurso de la película.

La idea de entregarle también la cámara a tu tía para que se filmara ella misma en Australia, representa hasta cierto punto un acto democrático pocas veces visto en el cine ¿qué significaba para ti dentro de tu filme?

La razón de ser que ella misma se grabe, nació por las circunstancia de ese momento, nuevamente no nos ganábamos el fondo audiovisual (fondo del estado de Chile para hacer la película) y por una estrategia de no parar el rodaje, le pregunté si se podía grabar y usar ese recurso como un diario de vida. Jamás la dirigí, ella hizo su propio montaje de lo que quería proyectar de sí misma y armar su propia película, mientras en paralelo yo armaba la mía.

¿En un documental tan personal, cómo definirías y explicarías el trabajo en colectivo con el equipo de realización?

El proceso de hacer la película en cinco años provocó que pasaran varias personas queriendo colaborar a la idea, todos aportando desde su lugar y tuve la suerte que desde el minuto uno estuvo a mi lado Benjamín Band, mi productor, con quien juntos armamos una batería de contenidos y empezamos el largo viaje de buscar financiamiento. Él siempre empatizando conmigo y siendo respetuoso de la relación con mi tía. Luego se sumó un equipo más permanente en rodajes para grabar los eventos o las puestas en escena de las proyecciones por ejemplo, pero yo siempre haciendo sola el registro más íntimo de la película. Luego al tercer año se sumó la montajista Melissa Miranda y juntas le dimos vida al material con un primer corte. En una cuarta oportunidad nuevamente no ganamos el fondo público de mi país, con el equipo hicimos una campaña crowfunding para no detener el proceso y fue muy exitosa, de paso reafirmamos que la temática le llegaba mucho a la gente. En la etapa final del proceso se sumó al proyecto una nueva productora, Gabriela Sandoval, junto a su socio Carlos Núñez, ambos con mucha experiencia en la industria y nos ayudaron a conseguir el financiamiento final para poder concluir la película. Luego de eso su distribuidora Storyboarmedia nos movió la película por Chile y se sumaron Meikincine como agentes de venta en el extranjero.

En la película muestras personas que aún hoy apoyan a Pinochet y a Franco, así como otras que recuerdan el 11 de septiembre 1973. ¿Ideologías versus democracia?

Estos dos momentos son fundamentales para contextualizar la época que no viví, desde un inicio no quise poner archivos clásicos de la dictadura porque quería que fuera una obra 100% contemporánea, con Skype, celulares, etc. En estos dos mundos que visité efectivamente hay una diferencia abismal de ideologías y eso es un reflejo del Chile de hoy. Pienso que esto es el resultado de que nunca existió una transición a la democracia, más bien existió una transacción en Chile. Llegaron luego de Pinochet gobiernos democráticos que mantuvieron la misma constitución del dictador.

En estos lugares queda de forma explícita que una parte de la población opta por la amnesia y la negación de los hechos, y otra parte de la población aún tienen una herida abierta, porque en el siglo XXI en Chile homenajean a un dictador y porque hay una gran falta de verdad y justicia que provoca esta dolorosa división que la dictadura militar dejó.

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