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Macabea: una Cenicienta brasileña

Cómo transitamos el mundo de las ilusiones y los deseos. La vida para las mujeres no ocurre en un bosque encantado esperando al príncipe azul. En este mundo hay tantas mujeres aspirando a ser princesas, esperando “la hora de la estrella” y pedir un deseo. Independientemente de las aspiraciones, cada cuento tiene un final, aunque lo importante no sea este final en sí. Para Suzana Amaral y su filme de 1985 A hora da Estrela el recorrido de Macabea (Marcélia Cartaxo) es lo verdaderamente importante.

El filme inicia mostrando la construcción de personajes femeninos desde lo mundano, a través de acciones como comer, ir al servicio, lavar los blúmeres, los ajustadores. Amaral no solo va construyendo el mundo de los personajes e infiriendo la rutina diaria de cada uno de ellos, sino que se aleja de construcciones ficticias o glamorosas de estas tareas. La contradicción entre las manos sucias de Macabea al realizar su trabajo de mecanógrafa y haber comido antes, destruye la idea de mujer súper limpia, a la cual lo elementos mundanos de la vida no le afectan.

La mayoría de las mujeres reales no comen sándwich como si estuviera en un filme de Lauren Bacall. El imaginario que ha construido el cine masculino sobre la feminidad impide en muchas ocasiones que los sujetos femeninos salgan en pantalla comiendo, bebiendo martinis tal vez, pero devorando un pan, casi nunca, y la directora brasileña busca resaltar esto, para plantear además la condición de pobreza en la que vive Macabea.

Esta joven se desenvuelve en un espacio doméstico compartido entre mujeres. En el mismo se muestran diferentes subjetividades femeninas, diferentes pudores. Así, aparecen mujeres que miran mujeres no desde la perspectiva externa de la dirección del filme, sino desde ellas mismas, lo que permite una identificación más directa entre públicos femeninos, personajes y trama.

Durante todo el tiempo los personajes entran y salen de los planos acometiendo acciones que los lleven a caracterizarse y definirse. Todos los personajes femeninos, excepto Macabea, quien con sus acciones parece estar como desubicada, extrañada y a la vez aprendiendo de sus congéneres; hasta la escena donde la muchacha se autodefine a un espejo que sustituye el rol de la cámara en un primer plano.

“Soy mecanógrafa, soy virgen y me gusta la Coca-Cola”. Esta la acepción de sí misma que ofrece Macabea frente al espejo en una presentación imaginaria. El diálogo ilustra la importancia de pilares culturales fundamentales en la realización de una mujer, y cómo, a lo largo de la liberación femenina, conquistas e impedimentos se han ido mezclando en la construcción de una subjetividad femenina.

Macabea trabaja, y considera este aspecto lo suficientemente importante para que la defina ante los otros. Es virgen, elemento cultural que se ha utilizado para hablar de la dignidad y la valía de la mujer. Y le gusta la Coca-Cola, algo muy personal, que en el mundo extradiegético no tiene mucha relevancia, pero en el mundo ficcional donde ella se desenvuelve sí, pues mientras el resto de los personajes femeninos que la conocen muestran predilección por la comida sólida ella, completamente diferente, prefiere un líquido. Reafirma así este gusto, medianamente estrambótico, su condición de diferente del resto.

Macabea se encuentra aprendiendo a ser mujer y para ello va tomando elementos de una posible educación familiar judeocristiana donde religión y matrimonio son conceptos importantes, pero a la vez también observa y desea otros paradigmas femeninos más relacionados al deseo sexual, a otras libertades y derechos como la cita o el aborto.

La radio como elemento dramatúrgico ha sido una característica del cine latinoamericano, tomado directamente de la realidad, pues este medio de comunicación posee un protagonismo en las vidas de las personas que habitan el subcontinente. En este caso en particular, la radio para Macabea es la “habitación propia”[1]. A través de esta alimenta su sensibilidad y curiosidad intelectual. Es diversa, variada e incluso a veces puede parecer incoherente la información que se brinda por las ondas radiales, pero las preguntas que despierta en la protagonista y la disposición que tiene ella a interpretar este producto comunicativo, le indican que existe algo más allá del camino al trabajo o al parque en donde se encuentra con su novio Olímpico de Jesús (José Dumont).

Las diferencias culturales entre los géneros se evidencian en la tensa relación entre Macabea y Olímpico. Él está seguro de llegar a ser diputado, o sea, de realizarse en el espacio público. Él es un hombre, no importa si responde o no a los cánones de belleza. Lo tiene permitido. En cambio, ella no puede soñar con lo público, no posee una belleza hegemónica y por ende al expresarle sus sueños de ser actriz de cine solo recibe burlas. Ambos personajes no poseen una belleza convencional, sin embargo, mientras Macabea parece estar buscando su modo visual de expresarse, aquel con el que se siente cómoda, Olímpico parece haberlo encontrado aun cuando no esté del todo cómodo con este, e implique arreglarse el cabello engominado cada cinco minutos. Esta última acción, ejecutada desde una mirada mininal, revela muchísimo de este personaje masculino y de cómo enfrentan los hombres las presiones sociales y el deber ser, dentro de un contexto determinado.

La hora… plantea el rol que se establece a través de la religión para mantener la falta de sororidad entre mujeres. Gloria (Tamara Taxman), compañera de trabajo de Macabea, va a una espiritista para arreglar sus problemas amorosos, y esta, además de achacarle su mal karma con los hombres a sus abortos, también le recomienda que se relacione con el novio de una amiga o colega. Esta escena es un claro ejemplo de cómo el sistema patriarcal y las estructuras y poderes que lo sostienen han avivado la falta de empatía entre las mujeres, sustituyéndola por una competencia en todos los aspectos de la vida. Por supuesto, el rol dramatúrgico de la cartomántica no solo está presentado en el filme para esto, sino para propiciar el giro dramático que cada filme debe remontar hacia su final. Esta misma espiritista recibirá a Macabea y le prescribirá un futuro de cuentos de hadas, no sin antes insinuarle que además de este amor, existe el amor entre mujeres. Pero de ambas ideas Macabea elije creer en su final feliz, el cual no alcanza.

El nada “happy end” que vive la protagonista es una crítica feminista ejercida, a través de recursos brechtianos, al amor romántico y a las Cenicientas, Blancanieves y todas aquellas que vieron en una estrella fugaz la posibilidad de encontrar un amor de cuentos de hadas.

La hora… es un eficiente texto audiovisual que habla de la pobreza femenina. Que representa la forma en que las mujeres enfrentan situaciones precarias, y cómo lidian mental y físicamente para salir de ellas. Los finales felices de cada filme o cuento de princesas que consumimos no son tan siquiera una realidad alcanzable, sino ese justo momento en que la estrella fugaz pasa y permite desear, pero ese anhelo no es más que un impulso para seguir viviendo.

 

[1] Referencia directa al ensayo de Virginia Woolf, “Una habitación propia”, donde habla de la independencia personal, intelectual y económica de las mujeres.

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