No es fácil la herejía. Sin embargo, practicarla es fuente de una profunda y alentadora satisfacción, y esta es mayor cuanto mis auténtica es la ruptura o la ignorancia de los dogmas comúnmente aceptados. En este sentido, la herejía es un riesgo por cuanto importa el abandono de los senderos, y el rechazo de su sustitución. No hay vida adulta sin herejía sistemática, sin el compromiso de correr todos los riesgos. Y es por eso que esta actitud ante la vida, ante el mundo, supone una aventura y la posibilidad del fracaso. Pero es también la única verdadera oportunidad de acercarse a la verdad en cualquiera de sus aristas.

Toda búsqueda obliga a romper sujeciones, y exige que un punto en el desarrollo no es más que ello: un punto de partida. Es en esta medida en la que puede afirmarse que el trabajo intelectual es siempre una aventura, y que el intelectual, casi automáticamente, resulta condenado a la herejía.

Si el pensamiento solo puede desarrollarse considerando cada punto de llegada un nuevo punto de partida, el creador resultará sin remedio un hereje consuetudinario. De ahí que en no pocas ocasiones resulte piedra de escándalo y motivo de sospecha, y que en sociedades de fuerte estructura, que han terminado o detenido su desarrollo en un proceso de cristalización o que afrontan violentas convulsiones, llegue a convertirse inclusive en apestado o perseguido. Esto es igualmente válido en el campo de la ciencia y en el de la cultura artística, y no se ha dado salto cualitativo alguno en la historia del pensamiento humano sin que este fuera acompañado de un desgarramiento. En el trabajo intelectual verdadero está siempre presente el germen revolucionario, puesto que no rechaza la herejía y se compromete en la búsqueda. Si esto conlleva un destino trágico y enlaza la vida del creador con su símbolo clásico, el Prometeo encadenado, no hay cadena que pueda en medio de los más crueles desgarramientos impedir que el fuego queme en sí mismo el pasado y alumbre el porvenir.

La aventura del pensamiento creador es por eso también una fuente de optimismo. Tanto el científico como el artista hacen de la realidad un camino abierto, y lejos de limitarla a la visión contingente descubren mundos secretos en cada una de sus partículas, y nuevos recursos, y rostros impensados a partir del marco temporal de horizontes aparenciales. Es por eso por lo que la herejía entrega con el grado de ruptura o indiferencia ante los dogmas una carga de alegría y un aliento que se trasuntan en mecanismos impulsadores. (…)

(…) el arte supone una permanente v experimentación, una búsqueda incansable, una insatisfacción que no da tregua al creador, y que, en cada obra y en cada período s histórico, ofrece al espectador una nueva y más amplia imagen del mundo. Solo será v verdaderamente revolucionario por eso, y en cuanto tal, el artista que renovando los medios expresivos entrega nuevos elementos de la realidad, y en ellos su belleza, su expresividad, su significación interior. Esto será válido inclusive cuando se trate de recrear la realidad enriqueciéndola. El artista es parte de la realidad, y si esta se recrea constantemente, y se hace diversa y sorprendente, el artista no es otra cosa que un testigo y un instrumento de esta interna naturaleza, del carácter mismo del mundo real. Y hasta cuando se produce un rechazo, esa validez no se disuelve, porque ese movimiento también parte de su crítica y de su crisis. (…)

Fragmentos del texto publicado con el título “Cine cubano 1963”, en la revista Cine Cubano, nos 14-15, La Habana, 1963, pág. 1.