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Pensando un siglo de imágenes y sonido
 
 

Puerto Rico, nación del Caribe hispano a la que nos unen lazos históricos, se convierte  en uno de los centros de atención de la cita de diciembre. Este punto de reencuentro con un cine que no nos es ajeno, celebra y piensa un siglo de imágenes de la isla borinqueña.

A la inclusión del panel «Cien años de cine en Puerto Rico» en el Seminario “Puentes y más puentes. Latinos en USA”, se le suma una importante muestra homenaje con más de 40 títulos. ¿La intención? Pues agasajar de la mejor manera que se le puede hacer al cine: llevándolo a la pantalla grande.   

El momento inaugural de la producción cinematográfica en el país caribeño se señala en el año 1912 con la aparición de Un drama en Puerto Rico,de Rafael Colorado D'Assoy, y la historia registra, hasta 1980, cierta inestabilidad propia de una nación llevada a la dependencia. Esta etapa estuvo caracterizada por la apertura y el cierre de varias productoras cinematográficas como Tropical Films (1917) y Porto Rico Photoplays (1919), declive marcado por los influjos en Estados Unidos de la Segunda Guerra  Mundial y su repercusión en la economía. La carencia de materiales fílmicos y de personal especializado llevó al traste a más de uno de estos proyectos.

Dicho escenario tuvo un impasse cuando en 1949 Luis Muñoz Marín, en su condición de gobernador, dictó la Ley 372, que promovía la creación de la División de Educación de la Comunidad. Esta división tuvo un desarrollo cinematográfico al cual contribuyeron escritores, realizadores y diseñadores gráficos, con la producción de más de 117 títulos de alto valor social. Eran películas de la comunidad y para la comunidad, en las cuales el ejercicio de revitalizar lo nacional, costumbrista y propio era, sin que formara parte del decreto, una regla consensuada e implícita.

Para finales de los 50 e inicios de los 60 y hasta finales de los 70, la producción cinematográfica puertorriqueña fue conducida a casi un exterminio, debido a la copia de fórmulas de otras producciones latinoamericanas y a la repetición de estrategias dramáticas. Sin embargo, para la década de los 80, con la irrupción de una nueva oleada de realizadores, su cine se renueva y alcanza bríos. Es esta una de las mejores etapas de creación del producto fílmico borinqueño. Las razones las podemos encontrar en los largometrajes de ficción de Jacobo Morales producidos a partir de entonces, como Dios los cría... (1980), Lo que le pasó a Santiago (1989); los documentales de Diego de la Texera, El Salvador: el pueblo vencerá (1980) y Ana María García, La operación (1981), Cocolos y roqueros (1992); o el animado de Francisco López y Emilio Watanabe, Crónicas del Caribe (1982). Cada una de estas producciones, se instala desde la presencia de una nueva estética cinematográfica que apunta cada vez más a la oleada del Nuevo Cine Latinoamericanoy hasta relevantes intentos de indagar en lo socialmente importante para el contexto de la realización.

Todas estas obras, junto con muchas otras, se articulan en torno a ejes temáticos que apuntan a las relaciones coloniales dentro y fuera de la isla con Estados Unidos, y sus puntos de origen en la propia historia continental;  las luchas por la independencia y sus consecuencias; la presencia creciente de población portorra en ese territorio norteamericano y su incidencia en la vida de ambas naciones, en especial en el enclave de Nueva York; la cotidianidad marcada por la violencia simbólica y física, y el ascenso de la narcocultura.  
 
El público habanero tendrá esta vez la posibilidad de disfrutar de muchas de las películas que otrora hicieron sus delicias acompañándonos en el Festival. A las ya mencionadas, se añaden la exitosa Laguaguaaérea (1993) de Luis G. Molina Casanova, Flight of Fancy (2000) de Noel Quiñones, Celestino y el vampiro (2003) de Radamés Sánchez, Cayo (2005) de Vicente Juarbe y Ladronesymentirosos  (2005) de Ricardo Méndez Matta y Poli Marichal, entre muchas más que recordará de otras citas en diciembre.

Reza una canción que veinte años no es nada. Cien, indiscutiblemente, sí lo son, y sobre todo si de producción cultural se trata. Oportuna ocasión entonces para revisitar las obras propuestas y sobre todo para reflexionar en torno a una cinematografía que algunos, no obstante, consideran aún adolescente. Es momento para que desde el ojo agudo y la mirada serena pensemos un siglo de imágenes y sonido, marcado por la condición de una nación colonizada, cuyos sujetos, incluso más allá de sus fronteras, dialogan desde el cine con sus problemáticas, intereses, preocupaciones y deseos. La Habana se vuelve capital del homenaje. Sus habitantes, los portadores de un mensaje: el agradecimiento a quienes desde Puerto Rico han hecho y hacen cine, más allá de lo imposible. Sean entonces, la muestra y el seminario, la concreción de ese deseo. 

Por Ana Niria Albo Díaz

 
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