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Credos y laureles de Annette Bening
 
 

Credos y laureles de Annette Bening

La actriz estuvo conversando con el público y la prensa en el Hotel Nacional de Cuba, sobre su vida y obra o más bien, sobre una vida consagrada al trabajo y a la disciplina profesional del actor, desde las posibilidades creativas más altas, en teatro y cine.


La más creíble de las marquesas de Merteuil; la amante glamorosa del temible Bugsy Malone; la intérprete de los papeles más complejos, controversiales y diversos del cine norteamericano (Regarding Henry, The American President, Mars Attack!, American Beauty, Mother and Child); la histriónica cuyo desborde y honestidad le permiten vencer el reto de interpretar brillantemente a una actriz que todo el tiempo actúa (Being Julia); la actriz de consumada técnica y apabullante dominio de los matices; una de las pocas estrellas norteamericanas capaces de liderar un proyecto europeo, una superproducción, un filme de pequeño presupuesto, sátiras y tragedias, películas de terror, románticas, de ciencia ficción, de autor… Annette Bening estuvo conversando con el público y la prensa en el Hotel Nacional de Cuba, sobre su vida y obra o más bien, sobre una vida consagrada al trabajo y a la disciplina profesional del actor, desde las posibilidades creativas más altas, en teatro y cine.

Según su propio relato, la Bening eligió el sendero del estudio constante y el trabajo perenne, para un ascenso muy escalonado, que comenzó por el teatro aficionado, el universitario, y el teatro de repertorio en San Francisco y Broadway. En esta primera etapa, jamás pensaba en sí misma como actriz de cine; pero cuando conquistó algún prestigio sobre las tablas, se decidió a presentarse al casting para las dos versiones de Las amistades peligrosas que, a finales de los años 80, emprendieron Stephen Frears y Milos Forman. El primero de ellos le concedió un papel muy secundario, y el célebre checo le dio a interpretar a la malvada marquesa que la Bening supo convertir en un personaje humano, afacetado, verosímil. 

Frears, al parecer, intentó subsanar su error y le entregó el protagónico en el oscuro thriller The Grifters, que la convirtió, de la noche a la mañana, en una de las actrices más respetadas y versátiles del cine norteamericano, con una poderosa voz que pudo modular, endulzar o «aligerar» de acuerdo con los requerimientos de cada personaje. Porque la Bening emprende cada proyecto con muchísima investigación, constante diálogo, trabajo de mesa, y explorando las posibilidades del texto, tal y como hacen los actores de teatro, rebuscando en lo profundo de los clásicos. Después, el momento mágico cuando se encienden las cámaras, marca para la actriz la auténtica creación cinematográfica, ese algo indefinible que consiste en darle vida a un personaje en su relación con el lente. En ese momento, ella cesa de hacerse preguntas demasiado teóricas, pone a un lado sus interminables lecturas, y se sumerge por completo en el mundo de sus personajes.

Aunque pudiera inferirse de lo anterior que estamos delante de una actriz tendiente a la espontaneidad, la Bening aseguró muy convencida que «la improvisación es demasiado cara, que cada minuto cuenta y que muy pocas veces puede manejarla, más allá de alguna secuencia muy particular de American Beauty y de algunos matices, pequeños gestos, o el principio y el final de algunas escenas en The kids are all right. Respecto a esta última, la actriz declaró sentirse atraída por el proyecto gracias a las bondades de la historia y a su fuerte narrativa, además de los juegos de palabras y a las posibilidades paródicas, o de restarle seriedad al drama de los personajes.   

Porque Annette Bening parece disfrutar, como muy pocas de las actrices más reconocidas del cine norteamericano, cuando declara que conoce a Stanislawski y leyó «todos los libros de actuación a su alcance; pero el actor puede enloquecer si se arriesga a sumergirse por completo en el mundo de sus personajes, y aunque está obligado a crear algo con cada fibra de su ser, debe percibir que se trata de solo una película».

Tanto convencimiento y sabiduría  provinieron de sus declaraciones, que el Salón 1930 estalló en aplausos cuando les recomendó a los jóvenes creadores acrecentar su educación, comprender su cultura, hacerse de un punto de vista político, tratar de comprender el mundo y la sicología propia, y trabajar mucho, todo el tiempo. «A los laboriosos, casi siempre les llega el reconocimiento», aseveró, convencida, la actriz nunca ganadora del Oscar. Alguien que, sin dudas, ha confiado en otro tipo de laureles.

 Por Joel del Río

 
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