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Diego Quemada-Díez: El cine como arma
 
 

Apago la grabadora y a Diego Quemada-Díez le queda algo por decir. Necesita que esto quede claro:

«Para mí el cine cubano ha sido muy importante. Santiago Álvarez o Tomás Gutiérrez Alea representan mucho. No olvidaré la primera vez que vi los documentales de Santiago o La primera carga al machete, La muerte de un burócrata, Memorias del subdesarrollo… Son películas que me han marcado e influenciado mucho. Quiero darles las gracias a todos los grandes maestros cubanos».

Aunque de origen español, Diego Quemada vive en México hace casi 11 años y allí filma sus películas. Llegó a La Habana por primera vez en 1992 cuando tenía «escasos 20 años» para tomar un curso en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. «Me enamoré de Cuba y la gente de verdad me encantó», comenta.

Su regreso a la capital cubana viene marcado por las denuncias, por la necesidad de decir su verdad y compartirla con el público.

La película La jaula de oro, ópera prima de Quemada-Díez realizada con actores no profesionales, retrata los problemas de un grupo de jóvenes centroamericanos para seguir la ruta de la emigración hacia los Estados Unidos, por supuesto, en busca de mejores condiciones de vida.

La cinta alcanzó el premio de interpretación de la sección oficial «Una Cierta Mirada» en el Festival Internacional de Cine de Cannes este año; fue ganadora, además, de la 28 edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata; Mejor Película en la sección de largometrajes de América del Norte del 17th Black Nights Film Festival… Lauros que avalan el talento reflexivo y provocador de Quemada-Díez. Valieron los diez años de creación.

La jaula… es la película de los que tienen que sobrevivir diariamente a una realidad impuesta por otros. Es la película de Karen Martínez, Brandon López y Rodolfo Domínguez, sus protagonistas…

¿Qué has encontrado en el cine?

Desde el inicio descubrí que el cine, de alguna manera, es un arma. Encontré eso: que el cine puede tener una función más allá del entretenimiento. Y también utilizar el poder que tiene la ficción; vivirlo, identificarte con un personaje, es muy poderoso.

Específicamente dentro de este género, ¿qué te interesa combinar?

Me interesa mezclar mucho el documental y la ficción. Tomar lo mejor de ambos y que el cine sea como un espejo de nuestra realidad contemporánea donde colectivamente nos podamos ver. Solo el hecho de dar voz a las personas que no la tienen y ser un canal de ellos es magnífico.

¿Lo haces en tu película?

Sí, es la historia de más de 600 emigrantes y, a partir de ahí, construí el guión.

¿Cuál es el proceso más difícil a la hora de escoger esas narraciones?

La edición. Cuando tienes 600 testimonios es dificilísimo: qué detalles escoges para los personajes, qué eventos vas a recrear… por eso, eventualmente, decidí trabajar con otro escritor, para tener una mirada diferente. Pero de manera general, me dejé guiar por el sentimiento. Asumir que el cine es una construcción que sólo está justificada si existe como un motivo poético.

El protagonista de la cinta experimenta algo así como una metamorfosis. ¿Fue ese el objetivo?

Sí. Provocar la transformación de Juan y que este «cabrón» vaya cambiando a través de esos obstáculos que hay en su camino. Al final de la película es una persona totalmente transformada, a pesar de que su modelo se ha desmoronado. De alguna manera es más consciente y comienza un nuevo viaje. También se trata de desmitificar los Estados Unidos, hablar de cómo el problema migratorio es muy grave y que el Norte los está devorando. Es como una máquina que te atrae, y a la vez te mata.

Traté de que la película fuera una suma de verdades y expresar mi verdad personal. La verdad de los emigrantes, de mis actores… por eso, trabajé con niños de las comunidades más difíciles de Guatemala y de las comunidades indígenas en México. Los diálogos respetan su forma de expresarse, el 80 por ciento de los personajes son ellos mismos.

¿Cómo fue el proceso de casting?

Se realizó en zonas muy peligrosas de Guatemala. La casa y la calle que se ve en el filme, son las del protagonista. A todos ellos lo buscamos en esos lugares durante siete meses. Nunca quisimos tratarlos como «pobrecitos». Poco a poco fueron ganando mucha confianza y florecieron.

Eres muy valiente en lo que haces…

Bueno, la gente me decía que estaba loco. Cuatro o cinco productores salieron corriendo cuando les presenté el proyecto, hasta que me encontré con uno que no le dio temor. Fue difícil hacer este filme de casi dos millones de dólares.

¿Podríamos decir que La jaula… es una película de los emigrantes, para los emigrantes y contra el modelo neoliberal?

Exacto. Es una consecuencia de la globalización y la hipocresía del Norte. Es tratar de poner el problema sobre la mesa y provocar una reflexión.

Por Jaime Masó Torres

Gracias a su distribuidora para Centroamérica, WIESNER DISTRIBUTION,  una copia de La jaula de Oro ha sido donada al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) para que pueda ser exhibida en Cuba  luego del 35 Festival de La Habana.

 
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