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Moisés Sepúlveda: Por un cine progresista y que emocione
 
 

Más de una treintena de cartas guardo celosamente en una caja de zapatos. Entre esos papeles conservo los que mi papá nos escribía a mí y a mi hermano, cuando ninguno de los dos sabíamos leer, y él estaba de viaje. Mi mamá nos los leía, y nosotros garabateábamos algo y de esa forma le respondíamos. Pero Ximena no tuvo la misma suerte mía, su madre no le leyó nunca y jamás pudo escribirle a su padre. Por más de 50 años conservó la única carta que él le dejó y cuyo contenido usted sabrá casi al final de Las analfabetas, la primera película del chileno Moisés Sepúlveda.

Sorprende la pluralidad del título, desde el principio nos damos cuenta que solo hay una iletrada: Ximena. Sin embargo, Jackeline, la joven profesora que enseña a leer a esta mujer, también es una inculta en otras cuestiones de la vida, y ahí empezamos a cuestionarnos dónde radica el verdadero analfabetismo del ser humano.

Ximena y su ignorancia son el pretexto para que la profesora y el espectador reflexionen sobre la soledad, la incomunicación, los traumas de la infancia, el amor reprimido, la amistad, y para que comprendamos cuán presos somos de las clasificaciones y del conocimiento convencional.

Esta ópera prima está basada en la obra homónima del dramaturgo Pablo Paredes, quien escribió el guion junto a Sepúlveda. Las actrices que intervienen en la cinta son las dos protagonistas de la pieza teatral: Paulina García y Valentina Muhr. Con ellas, explica el novel director, ya tenía el 90 % del filme, «conectaron conmigo cuando vi la obra de teatro, pero no fui muy consciente de eso hasta que terminamos la película».
Hace un mes atrás Pablo le contó a Moisés que la idea de escribir Las analfabetas viene de su madre, quien una vez intentó enseñar a leer a una gitana que estaba convencida de que no necesitaba aprender. Esa fue la motivación para hacer esta obra que tenemos la oportunidad de disfrutar en el 35. Festival. Quienes asistan a la sala oscura conocerán los traumas de Ximena y Jackeline, dos mujeres que empiezan a acompañarse, a romper barreras, a dejar de ser frustradas para convertirse en redentoras.

Es un filme que está hecho para emocionar y ese es el objetivo de Sepúlveda. «En mi país se ha eludido por mucho tiempo a la emoción. Al cine chileno le falta la línea intermedia de realizadores que conectan con el público y con la crítica. Muchas veces me pregunto para quiénes se hacen películas, y creo que a veces para los otros directores. A Latinoamérica le cuesta mucho conquistar a su propio público. Tenemos una rabia contra la industria norteamericana, mas en verdad, esa viene y conquista a todos los espectadores y uno se pregunta por qué no pasa lo mismo con nuestras películas. No creo que haya que imitar el modelo norteamericano, pero sí hay que aprender algunas cosas de él, sobre todo la cuestión del trabajo de guiones», comenta.

Para lograr la emoción en Las analfabetas, este joven de 28 años y todo su equipo tuvieron que trabajar durante dos años. El 80 % de la cinta la filmaron en 2011 y después de editar se percató de que era una historia muy acartonada, y poco realista. «La obra de teatro es muy poética, los personajes se ponían a declamar, al principio respeté muchos esos parlamentos, luego me fui dando cuenta en el camino que no funcionaban. Y por eso hay un montón de escenas unitarias, distribuidas a lo largo de la película, que se filmaron un año después y que van a exponer los contrastes de los personajes, sus miserias», cuenta Moisés Sepúlveda, quien reconoce que eso se debe a la inexperiencia de él y su productor, «para nosotros Las analfabetas equivale a tres doctorados en cine y en filosofía».

Por eso espera que su próximo filme no demore tanto. Ahora se encuentra trabajando en un proyecto basado en un hecho real, sobre una tienda de ropas que estafó a millones de clientes de las clases bajas chilenas. Está contada desde el punto de vista de una de las autoras del crimen, quien es también una víctima del sistema, que asume que la competencia es el eje catalizador de la vida humana. «En mi país estamos educados para la competencia, y para el incentivo, como dicen los líderes del capitalismo chileno. En la cinta se verá el drama económico, contado con la doble moral. En cierta medida justifico el hecho, porque siento que el sistema se merece esos boicots, para que colapse y la nación entienda que hay cuestiones que no pueden estar lideradas por el mercado».

Este será un largometraje en el que la actualidad chilena quedará mucho más retratada, aunque ya en Las analfabetas apreciamos ese cine activista por el que aboga Sepúlveda. Para él, «el cine debe cambiar el mundo, aunque sea poco, aunque solo cambie la cabeza de un tipo. Pero dejar las cosas como están creo que es ser un conservador, y yo no quiero eso, quiero ser un progresista».

Es por ello que en su primer largo de ficción vemos que problemáticas de Chile como el analfabetismo o el desempleo permean la historia. Y todo ello tiene que ver con que la obra de teatro y su adaptación al cine se escribieron en un momento de agitación social en el austral país. «La película fue hecha cuando por primera vez en la nación, un millón de personas se manifestaban en las calles después de 25 años de democracia», indica.

Y hasta cierto punto Las analfabetas es una metáfora de Chile, pues Ximena es una mujer que debe empezar a leer sobre su pasado para comenzar a escribir su futuro, y en la medida en que no se dé cuenta de eso, jamás podrá iniciar una etapa nueva. «Ahora en Chile estamos cuestionándonos la constitución de Pinochet, gran parte del país decía que la dictadura se había acabado, no es así; aunque no hayan tanques en la calle la constitución que nos rige es la misma que hizo Pinochet, igual que la educación. El sentido común es el mismo que quedó de ese modelo. El slogan del NO decía “la alegría ya viene”, y de forma metafórica mi película se pregunta dónde está la alegría. No es un filme activista, pero sí está ese guiño a los problemas contingentes del país».

Por Maydelis Gómez Samón

 
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