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Hilton Lacerda: El arte debe provocar discusión
 
 

Hilton Lacerda llega a La Habana por primera vez con su primera película. Visitar Cuba, «un país que forma parte de la mítica latinoamericana», significa la concreción de un sueño muy anhelado; Tatuaje es la expresión de madurez de un cineasta que hasta el momento había sido guionista y director de cortometrajes y documentales. Sobre ambos acontecimientos conversa con entusiasmo y pasión, luego de haber sentido la alegría de disfrutar su obra junto al público cubano.

Con una confesión comienza este diálogo, que más que una entrevista constituye la declaración de principios de un artista comprometido con su sociedad. «Ciertamente creo que me demoré mucho tiempo para realizar una película de ficción, pero esa espera fue muy necesaria y beneficiosa. Me siento feliz por haberlo logrado y que haya sido de la forma que siempre quise: con un equipo de trabajo maravilloso y en un ambiente de gran creatividad».

¿Por qué escogió para su ópera prima esta historia situada en el Brasil de 1978, en medio de una dictadura militar que comienza a tambalearse, y protagonizada por un grupo de artistas que desafían el poder y la moral convencional?

No me interesa hablar sobre 1978; no hay en mí una preocupación histórica. Mi objetivo es reflexionar sobre la posibilidad de construir un futuro desde el presente y sobre lo que sucede finalmente con esa posibilidad. Creo que el cine puede plantear un discurso político, de cambio de comportamiento y ofrecer una visión muy personal sobre nuestras vidas.

Todo comenzó con una reflexión sobre espacio de libertad y construcción del futuro, dos temas preciosos. Un día, conversando con un amigo, recordamos un grupo teatral que existió en la ciudad de Recife en la década del 70 del siglo XX, en el cual se expresaban ambas condiciones. A partir de esa certeza, comencé a pensar en varias posibilidades para, a través de la narrativa, conducir a las personas a una reflexión sobre su vida personal, la política, la moral. Mi película está basada en 1978, pero no estoy hablando de esa época sino del presente.  

La película aborda también la relación amorosa entre Clécio, líder de la troupe de Chão de Estrelas, y Fininha, un joven recluta que queda deslumbrado por este mundo artístico. ¿Por qué decidió incluir ese conflicto en el filme?

Esta obra es resultado de mis vivencias y de mi percepción del mundo actual. En 1978 yo tenía 13 años y de ese momento para acá, contrario a lo que muchos pudieran pensar, se nota un retroceso en la percepción y asimilación de estos asuntos. Existen personas que, incluso, desde su posición de poder están proponiendo leyes para «curar» a los homosexuales. Yo no entiendo nada y me pregunto qué está sucediendo con los brasileños; por eso, mis películas son un cuestionamiento de la realidad, un instrumento para promover el cambio.

El mundo y las ideologías, tanto de izquierda como de derecha, están siendo muy conservadoras, y por eso hay que discutir, dialogar. El arte debe provocar esa discusión; no se trata de estar a favor o en contra de una corriente de pensamiento, sino de generar el debate.

¿Qué mensaje desearía que el espectador se llevara con este filme?

Pienso que cuando construyes una posibilidad de futuro, debes ser muy responsable con lo que estás pensando. El título de la obra es una metáfora sobre las cosas que queremos hoy y la conciencia que tenemos de su permanencia en nosotros. Es muy costosa la idea de responsabilidad y mucho más costosa la idea de pensar, desde hoy, en el mañana. Además, quiero que las personas se queden pensando en su entorno y en el lugar que ocupan en este mundo.

Los aspectos formales de la obra —fotografía y dirección de arte— contribuyen a acentuar la idea de espacio de libertad…

En ese sentido fue determinante la simpatía y el entendimiento entre los miembros del equipo. No quería gente histérica ni mala entre nosotros, porque adoro el set de filmación y lo considero un espacio sagrado de construcción artística. Soy una persona muy sensible y siempre traté a todos con cariño. Necesitaba que ese espíritu de camaradería se sintiera en la película, y creo que se logró.

Además, el director de fotografía (Ivo Lopes Araújo) es muy profesional y creativo. Cuando comenzamos a trabajar juntos, hablamos mucho sobre la película y acordamos priorizar la libertad del movimiento. Nos planteamos un mínimo de interferencia tecnológica en el set y optamos por una película más sensitiva, usando menos equipos. En el teatro, por ejemplo, grabamos con la iluminación del lugar y eso ofrece una sensación de realidad. La directora de arte (Renata Pinheiro) también me ayudó mucho en la idea de involucrar a los artistas para lograr mejores resultados. Como mismo los personajes en la película construyen sus escenografías y vestuarios, antes y durante el rodaje los actores reales pintaban, confeccionaban su ropa. Estos métodos de trabajo propiciaron una atmósfera creativa muy enriquecedora.

¿Cómo fue la experiencia de dirigir un largometraje, teniendo en cuenta que hasta el momento había sido guionista?

Yo trabajo en Recife junto a un grupo de cineastas muy singular. Para nosotros la contribución que hace cada miembro del equipo forma parte de un proyecto mayor que es la obra cinematográfica; por tanto, todos tenemos gran responsabilidad con el resultado y nos involucramos en todo el proceso. Yo incluso participo activamente en el rodaje de las películas que escribo. Además, ya había dirigido documentales y cortometrajes. Esa acumulación de experiencias hizo que me sintiera muy cómodo en esta producción.

¿Cómo ha sido acogida Tatuaje por el público brasileño?

Ha recibido muchos premios y hasta el momento la han visto 30 000 espectadores, aproximadamente. Esa cifra es muy significativa con respecto a la alcanzada por otras producciones nacionales; sin embargo, no es tan elevada si tenemos en cuenta que la población de Brasil es de 200 millones de habitantes y que una película comercial, normalmente, es apreciada por siete u ocho millones de personas.

Más allá de los números, lo más importante que es el diálogo con el público no se logra en la actualidad porque las pantallas de exhibición están dominadas por las industrias extranjeras y la legislación establece que los cines deben poner al año, solamente, un 30% de producciones brasileñas. ¿Qué hacemos con una obra que no llega a las personas para las que fue creada? No importa lo crítica o transformadora que sea la propuesta si no alcanza su meta. Creo que el cine brasileño está en un momento de elevada creatividad: hay grandes cineastas y películas muy valiosas; sin embargo, cada vez hay menos interacción con la sociedad. Ya ganamos un espacio para la producción, ahora tenemos que ir en busca del público.

Por Ana Lidia García

 
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