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Retrato de Antonio cuando crítico

En los primeros minutos de El joven papa, serie para televisión que dirigiera Paolo Sorrentino con todas y cada una de sus acrobacias de estilo, se le escucha decir a Pío xiii ante el confesionario: “mi único pecado, y es uno enorme, es que mi conciencia no me acusa de nada”. También en alguna página de Un oficio del siglo xx, cuando Cabrera Infante informa de sus conversaciones con Caín, comenta que este último aseveraba: “he escrito un libro malvado y me siento tan inmaculado como el cordero”. Ambas afirmaciones registran una postura (casi de político) que asume Antonio Enrique González Rojas en tanto crítico, máxime, cuando Voces en la niebla. Un lustro de joven audiovisual cubano (2010-2015) es un ejemplo de responsabilidad intelectual ―proporcional al tamaño del nombre del autor y no de su estatura física― y de compromiso con el cine cubano. Tony es un despiadado, al modo de Walter en Breaking Bad, porque se atreve a mapear “los cien metros con vallas” de un audiovisual tan escaso y caótico como arrojado, que confunde ética y estética salvajemente. Voces en la niebla es entonces la foto finish (la primera, además) de una carrera que arrancó con el nuevo milenio y que en los cinco años que el libro observa, alcanza la meta y emprende una segunda temporada.

Aun con el empeño de la gestión privada y la espectacular apertura de Cuba a los signos de la globalización cultural, la crítica de cine sigue ocupando un sitio poco privilegiado en nuestro paisaje editorial, si se le compara con su homóloga literaria o de artes visuales. Ciertamente han proliferado las publicaciones y los críticos en los últimos años. Y no me refiero solo a número, sino a método: desde intérpretes culturales, hasta el periodismo más informativo. Todos, con sus glorias y sus pecados, con sus certezas y sus falsas odas a la alegría. La hegemonía institucional de Cine Cubano ha dado paso a la más democrática e interactiva (inmediata) dinámica de la web, que facilita una multiplicidad de lecturas y acercamientos críticos, una diversificación de las publicaciones y un rebajamiento del compromiso con los moldes comunicativos impuestos por las instancias estatales. Voces en la niebla es, así, ejemplo de una mayor libertad de opinión, diálogo y confrontación con el público, los creadores y las instituciones. No solo certifica la democratización que el medio supone —y la efectividad, en cuanto a circulación y expansión de la información—, sino la confianza y la apuesta de su autor por canales de comunicaciones que son eje del funcionamiento de la cultura contemporánea.

Escribir para revistas, periódicos, medios digitales, semanarios, entraña sus riesgos. Se escribe “sobre la bola” constantemente, que significa, guiados por la emoción e impulsados por las circunstancias, sin tiempo para confrontar las reflexiones con nosotros mismos. Y aunque pueda ganarme algún enemigo por esto, voy a decir, alto y claro, que la formación como periodista ha sido un detonante de las potencialidades de Tony como crítico; en él se aúnan, cosa rara ―pues, nos sobran periodistas de la noticia e historiadores del arte empachados de aburrimiento―, buena prosa (literariedad dirían en la Universidad de La Habana) y lucidez y rigor en las ideas. Esto, desde luego, condiciona un tono, un estilo incluso. Como decía antes, el ¿volumen? deja entrever un pensamiento sobre el cine nacional y, todavía, una posición ante la crítica.

Voces en la niebla… —que recoge “un grupo mínimo” de los textos escritos por Tony en esos cinco años—, es el primer título que sistematiza conocimientos sobre el joven audiovisual cubano en los últimos años. Estos escritos dejan de ser resultado de coyunturas (observaciones aisladas), para integrar un corpus valorativo sobre lo que ha sido del cine cubano en ese lustro de tiempo, hecho por los creadores que emergen, en la isla y fuera de ella, en un momento en que el país experimenta cambios francamente sustanciales. Se priorizan en Voces en la niebla… aquellas producciones que su autor considera singulares dentro del panorama; obras que, de algún modo, han hecho aportaciones a la vitalidad y renovación de este arte. Tony revela los nexos, las simetrías, la identidad entre estas obras desprovistas de la visibilidad necesaria por la “industria oficial”, en un intento por advertir cuáles caminos creativos y líneas temáticas se priorizan hoy en nuestro medio.

Llama la atención sobre nuevos códigos visuales, las ganancias de las tecnologías, sobre narraciones más afines con el mercado internacional y la desautomatización de temas vinculados a problemas que afectan la realidad del cubano hoy día, la inclinación por un discurso interesado en tantear los ruedos de la historia revolucionaria fuera de la escritura ideologizada que ha satelizado la creación nacional. Con todo, lo más sobresaliente es su interés por destacar el valor alcanzado por dichas realizaciones en tanto productos independientes: sus mecanismos de expresión, estructuras formales e intereses estilísticos. Ahora, no se detiene a conformar una cartografía académica: su método consiste en valorar, analizar e interpretar cada película individualmente, destacando/priorizando los elementos que, en su criterio, resultan significativos en relación con la especificidad como audiovisual y su participación en la esfera fílmica nacional. Acusando, asimismo, aquello que, vista la obra en su generalidad, no encaja o afecta los aparentes objetivos perseguidos por la realización.

Si bien un poco escéptico, el ánimo de Tony para con el cine cubano se hace evidente cuando, refiriéndose a Melaza (Carlos Lechuga, 2012), apunta, no sin cierta provocación:

Discreta pero significativamente, leva áncoras del puerto erigido por las generaciones y dinámicas precedentes sobre débiles pilares. Aunque la crisis en todas sus variantes es y será por mucho tiempo, tema preeminente en estas obras, entre las grietas del erial creativo del cine cubano aparecen retoños como el de marras, asentados en dinámicas de producción diferentes a las usuales (ya sea la industria o la escualidez más dura), promisorios de épocas más coherentes. (p. 35)

Quienes pensaron que la prosa de este crítico se limitaba a la rectitud comunicativa, con el ejemplo anterior terminarán por convencerse de lo contrario. Los textos aquí compilados evidencian solidez en las reflexiones, fundamentación en los puntos de vista, rigor en la argumentación y el análisis —aun cuando podamos disentir de sus opiniones, yo mismo tendría más de un criterio que objetarle—, y confirman también, creatividad y dominio de la escritura; un interés por la elaboración de los enunciados. Veamos un ejemplo donde la escritura parece propia de un texto de ficción (por otro lado, un elegante inicio para Voces en la niebla):

Nuevamente el nihilista Sergio recorre, desgarbado, infinitos laberintos de calles, personas y acontecimientos, cuyos influjos resbalan como lluvia amarga sobre el cuerpo, empeñado sin éxito en hurtarse al venenoso contacto de las parcialidades humanas, de todo lo que menoscabe su insatisfecha necesidad de plenitud filosófica. (p. 9)

Otro de los méritos es la inteligencia con que Tony se adentra en los planteamientos temáticos de los materiales para aproximarse a ciertas problemáticas —culturales, éticas, ideológicas— y reflexionar con lucidez sobre determinados tópicos inherentes a los hombres y sus relaciones, tanto personales como con sus circunstancias; sin acudir a citas o remisiones bibliográficas. Fundamenta siempre sus interpretaciones desde argumentos sólidos y agudeza lectiva, sin permitirse el dislate de que la teoría pese sobre la superficie de su escritura. La pericia analítica de este autor, por supuesto, tiene su vértice en la enorme cultura visual de la que hace gala (capaz de detectar toda la genealogía cinematográfica de un plano, y cualquiera que conozca a Tony sabe que no exagero). Justo por ahí anda el centro de su estilo, una de sus cartas de triunfo. Pero en Voces en la niebla… está la habilidad para detectar qué aspecto de los tantos implicados en un audiovisual hacen meritorio a la cinta; está la versatilidad de un crítico que se mueve seguro entre ficción, animación y documental, todo bajo un acento muy próximo a los homólogos de Caimán Ediciones, quienes en pocas palabras, viran al revés las películas.

No me cabe la menor duda de que a la joven crítica cinematográfica cubana (si podemos darnos el lujo de llamarla así), le falta mucho por andar, y madurar. Demasiado paternalismo, falta de compromiso con la creación y satisfacción a los directores; las herramientas no siempre están a tono con la naturaleza de las manifestaciones analizadas, o no se les atiende desde la mejor perspectiva. Sin embargo, Voces en la niebla… es ejemplo excelente de la postura contraria.

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