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Salutación de Brian de Palma

Cuánto sentimos los asistentes a la ceremonia inaugural del 29. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en el teatro Karl Marx –el martes 4 de diciembre de 2007– que al final de la proyección de Redacted no hubiera podido asistir su realizador, Brian de Palma, para presenciar la ovación tributada a esa lúcida y desgarradora exploración de la guerra de Iraq. Entonces habían transcurrido casi dos décadas desde que en Pecados de guerra (Casualties of War, 1989) rescató de un artículo testimonial publicado por Daniel Lang en The New Yorker, uno de esos tantos episodios oprobiosos de la guerra genocida en Vietnam que su país prefería olvidar. En ambos filmes, la cámara inquieta registra y nos transmite el horror provocado por un grupo de soldados estadounidenses fuera de control, inmersos en contiendas absurdas.

Finalmente, el certamen puede rendir homenaje personal a este hombre nacido en Newark, New Jersey, el 11 de septiembre de 1940, sin el cual no debe escribirse la historia del cine norteamericano en las últimas cuatro décadas. Asiduo asistente a la salita de la Calle 42, nunca olvida que cuando compró su primera cámara Bolex de 16 mm no pudo desprenderse de ella y la llevaba siempre con el fin de filmarlo todo a su alrededor. Repetía la experiencia del protagonista de The David Holzman’s Diary (1968), de Jim McBride, uno de los títulos alternativos que le influyeron mientras estudiaba en la universidad. Confesó ser un frenético apasionado de Samuel Fuller (El beso amargo), John Boorman (A quemarropa) y Alejandro Jodorowsky (El topo), amén de la enorme influencia de Godard (Masculin-Fémin).

A esos placeres ocultos sumó al a veces menospreciado William Castle de Homicida, los westerns de John Ford y Anthony Mann, y más tarde al Luchino Visconti de La caída de los dioses y Ludwig

Incapaz de permanecer por más tiempo como espectador pasivo, pasó a la acción con el mediometraje Icarus, seguido por 660124, The Story of an IBM Card y el muy premiado corto Wotan’s Wake. En su primer largometraje, The Weeding Party (1964), que realizó junto a Cynthia Munroe y Wilford Leach, desempeñó además las funciones de coproductor, coguionista e intervino en la edición. Para el reparto llamó a su amigo, un tan jovencísimo como desconocido Robert de Niro, a quien volvería a dirigir en otros dos títulos contraculturales: Greetings (1968) y Hi, Mom! (1970), en gran parte fruto de la improvisación. Antes rodó su primer filme en solitario: Murder à la Mod. Cimentaban una filmografía poblada por héroes traumatizados por su pasado. El inmenso Orson Welles actuó a las órdenes de este aprendiz en Get To Know Your Rabbit (1970). Demostró una temprana madurez como director dotado para conducir a sus intérpretes en el tríptico conformado por Sisters (1973), Phantom of the Paradise (1974) y Obsession (1976). Sus restantes obras de ese decenio la consolidan: Carrie (1976), inquietante adaptación de una novela de Stephen King con una pasmosa labor del dueto Sissy Spacek-Piper Laurie, The Fury (1978) y Home Movies (1979), ambas con el experimentado Kirk Douglas. Vestida para matar (Dressed to Kill, 1980), virtuoso ejercicio estilístico como tributo a Alfred Hitchcock, con quien comparte preocupaciones y grandes ideas visuales, lo consagraría para unos mientras otros lo denostaron como “plagiario” del mago del suspenso, específicamente de Vértigo y Psicosis. De Palma no disimula su admiración, se apropia de sus códigos, los reelabora y expone abiertamente su impronta, algo que reitera en Doble de cuerpo (Body Double, 1984), con el influjo de La ventana indiscreta. El sonidista de su guion Estallido mortal (Blow Out, 1981), que debe grabar un alarido de muerte convincente, involucrado en una angustiosa trama con persecución y víctima incluidas, podría añadirse a esa peculiar galería hichcockiana en la cual recurre a la pantalla dividida como efectivo recurso.

El impacto ejercido por Get Carter (1971) y A quemarropa, que calificó de surrealista, lo reflejó en su trilogía gangsteril, conformada por Caracortada (Scarface, 1983), muy operístico remake del clásico de Howard Hawks a partir de un guion de Oliver Stone que trasladó la trama en tiempo y espacio; Los intocables (The Untouchables, 1987), magistral transposición a la pantalla grande de la exitosa serie televisiva contrapunteada por la briosa música de Ennio Morricone, que insertó un remedo de la secuencia eisensteiniana de la escalinata de Odesa en El acorazado Potemkin; y Carlito’s Way (1993), con Al Pacino y Sean Penn enfrentados en una batalla campal “narrada con estilo de ballet”, según De Palma, que reconoce el aliento shakespereano de los delincuentes del primero y el tercer filmes. Ante la pregunta de un periodista sobre la violencia en el cine norteamericano, respondió: “Es la sociedad norteamericana la que es agresiva, no las películas que la describen. Es muy fácil echar la culpa al cine. La violencia en Estados Unidos y en cualquier otro país se debe a la pobreza y a la miseria en que viven tantas personas. Adjudicarlo a nuestras historias es como lavarse las manos para no afrontar los problemas serios”. No pocos de sus proyectos –entre estos algunos guiones que fueron a parar a otros directores–, quedaron en el trayecto de Brian de Palma. Volvió a evidenciar su dominio de los dispositivos de la tensión en Raising Cain (1992). Intentó afrontar los engranajes de la despiadada industria con La hoguera de las vanidades (The Bonfire of the Vanities, 1990), una polémica versión, mejor apreciada por los desconocedores del best seller de Tom Wolfe, y aceptó gustoso un encargo digno de su maestría puesto en función del estelar actor-productor Tom Cruise: Misión imposible (1996). La contradictoria convivencia con los mecanismos hollywoodenses dentro de los cuales trata de resistir la resumió el crítico argentino Sergio Wolf: “cuando puede hacer sus obras propias logra filmes extraordinarios que son sistemáticamente vapuleados por la crítica e ignorados por el público.

Hay un vaivén entonces que –salvando las distancias– lo aproxima a Cassavetes, en la medida en que este actuaba en series de televisión o en filmes que no le interesaban, y lo hacía para luego poder hacer sus propios proyectos. La apuesta de Brian de Palma es menos radical y al mismo tiempo entraña un desafío: intentar dejar su marca en esas producciones que suelen ser una notoria impersonalidad”. Tras ese derroche de adrenalina –y de presupuesto–, llegó el momento de acometer un argumento original en el que se involucró como productor: Ojos de serpiente (Snake Eyes, 1998), cautivante exploración del creciente poderío y omnipresencia de las cámaras. “Siempre es estimulante ver en acción a un realizador –escribió un crítico de la revista Rolling Stone– que todavía es capaz de organizar un relato sobre ideas propias y desde múltiples puntos de vista, con la habilidad de un consumado coreógrafo”. Cahiers du Cinéma escogió Misión imposible entre los mejores filmes de ese año, además de seleccionar en su estreno Carlito’s Way –el primero en su lista de los diez mejores filmes de los años noventa–, Snake Eyes y Mission to Mars (2000), su único tanteo en la ciencia ficción. Wise Guys (1986) había sido una rara incursión en la comedia, para legar al cabo de dos décadas por medio de Black Dahlia (2006) un título estimable al film noir, uno de sus géneros preferidos. Furibundo exponente de la modernidad, provocador de filias y fobias en idéntica proporción, Brian de Palma, de irrenunciables búsquedas, insatisfecho retratista en Femme fatale (2002) que prosiguió en Passion (2012) su exploración del complejo universo femenino, es un nombre imprescindible que declaró una vez que «lo último que puede pasarle a una película es que aburra”.

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