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Sobre el cine cubano

Ya se han hecho varios intentos para establecer en nuestra patria la industria cinematográfica. En ese sentido han sido interesados capitales nativos y extranjeros e inclusive donaciones y créditos del estado. Sin embargo , todo ha quedado en proyectos, o ha sido iniciado de forma tan desorganizada y aventurera que solo podía conducir al fracaso.

Cuando la propaganda se encargaba de anunciar a bombo y platillo la construcción de estudios, el arrendamiento de fincas y la contratación de populares intérpretes y pésimos directores, el silencio rodeaba cuanto pudiera hacer referencia a laboratorios y técnicos, o a la participación de camarógrafos, guionistas y escenaristas calificados para tan importante labor.

Formado el consorcio y logrados los capitales y créditos se aparentaba estar en punto de realizaciones. Puede que en algunos casos en virtud de mala fe, pero en los más y más significativos ha sido la ignorancia el factor dominante. La ignorancia y la concepción de que todo lo puede el dinero, o lo que es lo mismo, del cine visto exclusivamente como negocio.

Es así que lo que no ha muerto al nacer, ha quedado inerte tras las primeras producciones. La baja calidad artística y técnica, la repetición temática y la simpleza primaria y hasta ridícula de las cintas de Películas Cubanas, S.A., los intentos “independientes”, los planes anunciados por dueños y distribuidores de Noticiarios, y las vacilaciones de sectores gubernamentales, dan un vivo ejemplo de esta afirmación. El cine como arte ha sido ignorado. En el plan, y en la obra (cuando ella ha llegado).

Y nada más pobre, mediocre e insustancial que el mensaje y la formación de estos pretensos cineastas. Puede decirse—salvo algunos intentos de la época muda, y ello muy limitadamente—que hasta hoy no hemos tenido, no ya cine cubano, ni tan siquiera películas cubanas.

Inspirados en la radio, que cedió escritores y artistas, los primeros films taquilleros fueron rodados sobre la base de episodios y temas ya impuestos entre los radioescuchas. No podían hacer otra cosa pues no había preparación para más. Y es así que nos dieron La serpiente roja, Sucedió en La Habana, El romance en el palmar, y otras cintas de estilo guajiro-cabaretero. Siempre comenzaban en la guardarraya para terminar en la pista de un “show”. Una guajira incauta y un villano de la capital. Y entre col y col, lechuga: canciones y más canciones, y uno que otro “sketch” cómico con el gallego y el negrito como intérpretes. Era la gente de la radio. Y era, sobre todo, la improvisación. Más tarde pasó al folletín, o más bien, se le incluyó en la coctelera. Y eso tenemos ahora con las producciones cubano-mexicanas en las que se incluye lo peor del cine azteca sin que aparezcan ni por asomo sus aciertos.

Hollywood, con sus sirenas y gánsteres, con sus magnates buenazos que hacen la felicidad a las buenas muchachas, actrices o mecanógrafas, y en este caso guajiritas, ha marcado su influencia en estas cintas que, como ya hemos dicho, pasan del folletín al “show” sin rozar jamás la realidad cubana, o temas universales, profundos, de contenido. Ni el folclore ha sido respetado. El estilismo deformador que viste a las rumberas como a las bailarinas de samba y convierte el criollismo en caricatura, se ha apoderado de los realizadores.

La taquilla se toma por divisa. Y eso ciega y confunde. En el afán de lucro se pierde hasta la oportunidad de lograr este, porque hundidos en su mezquindad, consorcios y productores pierden la perspectiva, e incapaces de estudiar, de experimentar, la rutina, que hoy les llena los bolsillos, prepara el camino de su desaparición. (Con lo que ganaran el cine y en general la cultura).

De memoria pueden repetirse sus argumentos y justificaciones, son las mismas de la TV y el radio. Que es lo que le pide el público, que hay que adaptarse, que “a la gente le gusta eso”. Sandeces en una palabra.

Sobre el gusto de público se ha hablado mucho. Y ha sido Hollywood el artífice de la estafa. Porque, si el espectador puede exigir al cine un cierto nivel, es más exacto que el cine, a estas alturas, se encarga de formarlo y condicionarlo: “hace el gusto del público”. Hay pruebas de ello. Hoy lo estamos palpando. Esa “crisis del tema” de que hablaba Burt Lancaster refiriéndose a Hollywood y a su colección de clichés, no opera para el cine europeo. La producción francesa e italiana, las realizaciones suecas que nos han llegado, y por supuesto la cinematografía soviética, y con ella las de Checoslovaquia, Alemania y China, nos dicen de perfección artística y técnica, de una riqueza temática inagotable. La vida se refleja en la pantalla. Y para el caso del realismo socialista, no solo muestra lo que ocurre sino que abre los caminos del provenir.

Las taquillas habaneras marcan—cuando pueden compararse—la preferencia mayoritaria. El cine europeo de occidente—la nueva inquisición no permite la entrada a las producciones del mundo socialista—se está imponiendo de tal modo que constituye para Norteamérica un fantasma y para nosotros un alivio. El público sabe escoger. Y ésta es una experiencia que debe aprovecharse. Hacer buenos films no es mal negocio.

En lo que concierne a inversiones  privadas y ayuda oficial precisa reconocerlas como necesarias. Pero no debe cantarse miseria e impotencia. Lo que produce, atrae: esto es ley entre capitalistas: Y el cine, para quien conoce el oficio, puede dar mucho con inversiones relativamente pequeñas. El ejemplo italiano nos da la razón: Mientras Hollywood produce sobre la base de millones de dólares, los realizadores de la nueva escuela lo hacen con diez veces menos. Y sus filmes son mejores, y con mayores posibilidades de taquilla. Claro que queda en firme el problema de la distribución, controlada por la industria norteamericana y protegida por la política estatal de ese país, que no vacila en métodos—incluyendo los coactivos—para mantener su monopolio del mercado cinematográfico. Hays se encarga de fijar la motivación. “En otros tiempos se decía: el comercio sigue la bandera; hoy podemos decir: el comercio sigue al film”. Pero hasta este obstáculo, la distribución, puede salvarse, porque México y la Argentina, y la misma cinematografía europea van desbrozando el camino.

En Cuba, por otra parte, concurren circunstancias de excepción. Del bagazo de la caña, según fórmula del ingeniero Joaquín de la Rosa, puede obtenerse celuloide. Esto nos pondría a resguardo del régimen de cuotas que administran los intereses norteamericanos como un arma frente a la competencia. Y sería, así mismo, una fuente de riqueza capaz de dar trabajo a miles de obreros y técnicos, y una base inicial para la producción fílmica. Ya en una ocasión la firma Zarnico Rienda montó una planta en las cercanías del central Tinicú y planeó la producción de acuerdo con la formula citada, pero las presiones extranjeras, que podían perjudicar otros intereses de los mismos capitalistas, lograron paralizar el proyecto.

La fórmula en cuestión será aplicada a muy corto plazo en Norteamérica. Ya se encuentra montada la fábrica en el sur estadunidense. Se nos ha ido de entre las manos una gran oportunidad, pero, es claro que pudiera rehacerse. Para ello hay que tener la dignidad y el coraje que falta a nuestros capitalistas y gobernantes, siempre sometidos al dictado del norte.

Sin embargo, y a pesar de los muchos—y fundamentales –factores que favorece a la creación y el desarrollo del cine cubano, y en Cuba, hay obstáculos que exigen verdadera atención. Nuestros artistas, técnicos y laboratoristas no son suficientes. Precisan directores, escenógrafos, camarógrafos, ingenieros del sonido y, en general, técnicos calificados que puedan realizar y, al mismo tiempo, trasmitir sus conocimientos. Muchos de ellos deben ser formados en las instituciones y países donde la industria cinematográfica es un hecho, y un acierto. Ya tenemos algunos estudiantes que siguen cursos en Roma y Paris, y el interés es cada vez mayor. Se trata de un camino más lento pero el único seguro. No podrá olvidarse el impulso dado al cine por los grandes directores europeos que emigraron durante la ocupación nazi-alemana. El cine argentino conoce sus enseñanzas.

Solo cuando quede cumplida esta premisa, y siempre que el gobierno y los inversionistas no pretendan desnaturalizar la creación artística por presiones extra-fílmicas, podrá arribarse con paso seguro al establecimiento de esta industria y arte. Entonces las pantallas nos dirán la realidad cubana, pintaran las inquietudes, el trabajo, las luchas y costumbres de nuestro pueblo, sus tipos y gentes, y las características particulares o generales que les animan. Los temas, las imágenes, el sonido, la música, responderán realmente a nuestra naturaleza: Y nos traerán temas universales, de interés y significación, poniéndonos en contacto con la cultura y costumbres de otros pueblos, y enriqueciendo nuestro acervo. Nada se logrará, sin embargo, si el público que es el pueblo, y sus organizaciones no trabajan por convertirle en realidad, y sobre todo por impedir que el cine que está surgiendo—malamente—siga siendo, sea, un elemento de degeneración cultural y social, y un negocio.

Cuando los cineastas de mundo se reunieron en Perusa apara discutir los problemas a resolver y el futuro de su arte, señalaron la conveniencia de “tener contacto más directo y profundo con la vida, los sentimientos, las aspiraciones de sus pueblos”, y de hacerse “cada vez más independientes y libres de las deformaciones impuestas por los negociantes y por las bajas preocupaciones comerciales”. Comprendían ellos que el cine es “parte esencial, medio de conservación y síntesis de la cultura nacional”. Y que el cine, “con la más grande variedad de formas, la más plena libertad de expresión, sabrá inspirar a la humanidad la confianza en su porvenir y ayudar a los pueblos en su lucha por superar los periodos críticos de su historia, mostrándole los verdaderos caminos de la felicidad, la verdad, el progreso, haciéndoles comprender la verdadera situación del mundo presente”. Para decir más tarde que la paz “es la única que, gracias a la fraternidad de los pueblos, asegurará, con verdadera libertad de expresión, el desarrollo del cine como arte, como medio incomparable de cultura, como expresión de una nueva etapa de la civilización”.

Es la vía del cine en nuestro tiempo. Y un cine cubano, que merezca ese nombre, deberá seguirla. El resto es mercancía barata, arma para embrutecer al pueblo, para enriquecerse a costa de la ignorancia y sembrando el oscurantismo: es por eso, lo más anticubano que puede filmarse.

Publicado en: MAGAZINE DE HOY

Domingo 24 mayo de 1953, pág.7

 

 

 

 

 

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