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Titón: el peso de los sueños

Unos pocos elementos en el diseño del cartel laureado en la convocatoria promovida por CartelOn y la Cinemateca de Cuba para festejar el cumpleaños número 90 de Tomás Gutiérrez Alea, traducen con eficacia todo el universo del cineasta. Rodeado por demonios acechantes, el creador no solo de un clásico como Memorias del subdesarrollo a lo largo de sus sesenta y siete años de vida, perennemente tuvo a cuestas una enorme carga de inquietudes, preocupaciones, incertidumbres y, sobre todo, una obra fructífera mucho menor que los proyectos inconclusos acumulados. Cuánto le dolió tener que abandonar Für Elise, sobre un guion de su amigo, Gabriel García Márquez, con el reparto y las locaciones seleccionadas en la geografía colombiana. Nunca se recuperó de la imposibilidad de filmar El encuentro, otro enésimo guion obstaculizado. El peso de los sueños, al decir de Les Blank, nunca disminuyó.

No temió suscitar polémicas con Memorias… —concebida ayer para los espectadores de mañana—, y confesó que la irritación de algunos enemigos le tranquilizó la conciencia. Una y otra vez reiteró su afán de inquietar al espectador y empujarlo a buscar respuestas a sus problemas de conciencia, algo que puede corroborarse con la lectura del libro Titón: volver sobre mis pasos, compilación epistolar por su viuda, Mirtha Ibarra, que felizmente ve de nuevo la luz en Ediciones UNIÓN. Firme en sus principios, exigió siempre la consideración y el respeto ganados por su contribución como revolucionario y artista, sin dudar en enfrentarse a decisiones cuestionables y arbitrarias en la política del ICAIC.

Aún cuando explorara con maestría la ficción en estado puro, la persistencia de su mirada documental siempre constituyó motivo de preocupación. Apeló sin prejuicios a la literatura, si bien disfrutaba de la libertad y las ilimitadas posibilidades otorgadas por un argumento original. «Hay que mantener la tensión en todo momento y estar dispuesto a llevar a cabo los cambios más radicales e imprevistos —declaró Titón en una entrevista sobre la excitante experiencia de Hasta cierto punto—. Al tiempo de configurar una suerte de Lucía de los ochenta, en su criterio, valía la pena continuar ese camino insuficientemente explorado.

Cada una de sus películas reafirma sus palabras de que: «No solo deben mostrar o revelar algún aspecto esencial de nuestra realidad actual y ayudar a interpretarla y comprenderla, sino que pueden —y deben— tratar de ir más lejos en su función social: activar al espectador con un espíritu crítico sobre la realidad y sobre sí mismo para que, una vez que deja de ser espectador y se enfrenta con su realidad cotidiana, se encuentre, no solo armado de una cierta información que le ayude a comprender mejor el proceso en el cual está insertado, sino que se sienta también conmovido y estimulado para participar activamente en ese proceso. No solo obras que ayuden a interpretar al mundo, sino que contribuyan a transformarlo».

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