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“Todavía somos discriminadas.” Conversan cuatro actrices de Iberoamérica

Cuatro generaciones histriónicas, dos continentes y dos campos culturales confluyeron en el salón Baracoa, del Hotel Nacional de Cuba, cuando compartieron mesa Marisa Paredes (Tacones lejanos, El espinazo del diablo, Todo sobre mi madre), uno de los rostros del Cine Español, y su compatriota Inma Cuesta (La voz dormida, La novia), junto a las cubanas Beatriz Valdés (La bella del Alhambra), una de las ausencias llamativas del cine nacional en las últimas décadas y la novel Andrea Doimeadiós, cuyo primer protagónico fílmico lo defiende en este Festival de la mano de Patricia Ramos en su ópera prima El techo.

Este “encuentro de actrices” buscó debatir y pensar, desde las experiencias particulares de las invitadas, las dificultades que han enfrentado y aún deben enfrentar las mujeres actrices por su género, “al punto que todavía hoy nos cuestionamos la excepcionalidad de la incidencia de las mujeres dentro de la creación cultural, cosa que tendría que estar superada y para nada tendría que ser sorpresa, asombro, o motivo de inquietud dentro de nuestros ámbitos”, según acotó vehementemente la Valdés. “Todavía seguimos siendo discriminadas. Quiere decir que tenemos que seguir demostrando que podemos, cosa que es agotador, extenuante, injusto y completamente lamentable”, sentenció subsiguientemente, para añadir en otro momento: “Creo que, en general, las mujeres siempre estamos pidiendo mucha limosna, en todos los ámbitos. Y una de las formas que he encontrado para sobrevivir es la propia transgresión. Yo, por ejemplo, estoy dirigiendo teatro. Es la única posibilidad que tengo para seguir estando en el único lugar donde quiero estar, que es en un teatro. Y para mí, estar delante de la cámara es estar en el teatro. En Venezuela hice algún cine, también es un país con muchas dificultades, donde la producción de cine no era tan prolífica. Ahora lo es un poquito más, pero los temas están condicionados a aquellos argumentos favorecidos por los presupuestos del estado. Y eso es una realidad. […] Y en Venezuela tengo una carrera enorme de televisión que en Cuba no se conoce, por los sistemas de venta y compra, pues Cuba no tiene recursos para adquirir este material. […] Hice una telenovela en Miami con la seriedad con que abordo mi trabajo, y tuve la oportunidad de trabajar con un colectivo de altísimo nivel. Pero es una excepción. La única manera que tengo de sobrevivir profesionalmente es atreviéndome a transgredir mi propia condición de actriz y atreverme a dirigir ha ampliado extraordinariamente mi experiencia. Es un proceso empírico, y al mismo tiempo es una escuela maravillosa. Me siento honestamente feliz de poder hacerlo en un lugar muy particular, donde tengo que lidiar con circunstancias muy particulares. Tengo que luchar contra el público que va al lugar donde hago teatro, a beber y a comer. Entonces yo tengo que conquistar a ese público. […] Todo eso apostándole a la honestidad escénica, a no manipular al público, no engañarlo, tratando de que se vayan con una sensación, que les pase algo, que queden un poquito incómodos. Ya eso es un éxito”.

Independientemente de las conflictualidades emanadas de los roles de género, Andrea Doimeadiós subrayó que “en el caso de Cuba, hay muy poca producción. Depende de un montón de cosas que no vale ahora mencionar, pero hablo por todos los actores jóvenes cubanos. Ahora mismo hay muy poca producción de cine y es muy difícil hacer una película. El hecho de protagonizar El techo es una oportunidad maravillosa. Todos los años se gradúan más de cien actores. […] En televisión es más fácil llegar, pero hay muy pocos proyectos interesantes. Se hace difícil lograr en televisión como sucede ahora en las series norteamericanas, que son grandes oportunidades para los actores. Es muy difícil para los actores cubanos estar en el cine de nuestro país. Es triste que haya que emigrar a Miami a hacer televisión, y que uno no pueda quedarse aquí y trabajar en todos los medios después de estudiar tanto tiempo. Y yo llevo ocho años estudiando actuación”.

A la par de las altísimas cotas artísticas conseguidas por seriados estadounidenses y europeos en las últimas décadas, que apunta casi a una “Edad de Oro” de tal modalidad por capítulos, la televisión, durante mucho tiempo su plataforma fundamental, acusa degradación y banalización en otras de sus zonas importantes. Amplio tiempo de la mesa le dedicaron las actrices españolas.

“Yo empecé en la televisión cuando era una cosa más culta”, rememoró la Paredes. “Quiero decir que se hacían adaptaciones de teatro, adaptaciones fantásticas de obras de la literatura como las de Tolstoi, Dostoievsky, clásicos españoles como Lope de Vega. Entonces solo había dos canales, y en uno de ellos, el 2, se daba la posibilidad a gente joven que salía de la escuela de cine, de tener sus primeras experiencias creativas. Como digo, una televisión muy distinta de la actual, donde todo depende de los rankings o ratings, como se llamen. Estamos muy preocupados con eso. Pero mi experiencia en la televisión me dio muchísimas posibilidades de aprender, porque era cambiar de un estilo al otro, de una época a la otra, y eso es una buenísima escuela para actuar. De hecho, mi primer premio como actriz me lo dieron por mi trabajo en la televisión. Yo tenía quizás como 19 años”.

“De ahí, y antes de eso, yo había hecho teatro y la trayectoria es muy distinta. En aquel momento en España se giraba por todo el país. Tenías la posibilidad de relacionarte con todos tipos de públicos, unos con más conocimiento teatral, otros con menos. Pero tenían una gran curiosidad y una gran necesidad de que el teatro llegara a las provincias. Y eso fue, digamos, otra escuela que complementaba con la televisión […] Yo nunca tuve la oportunidad de hacer Crimen y castigo en teatro, y en la televisión pude. Había más posibilidades de interpretar, pero las generaciones más jóvenes lo han tenido más difícil. […] La inmediatez a mí me parece muy difícil porque soy de otra generación y ese tipo de velocidad me resulta difícil. Cada vez que me proponen algo pregunto cuánto tiempo tengo para ensayar, para leer el guion. […] Algo importante es que en aquel momento las mujeres no habían entrado a dirigir. De manera que, poco a poco, fueron llegando. Primero una, luego otra. […] Y eso se notaba mucho. Había siempre un resquemor: a ver qué eran capaces de hacer las mujeres. No les iban a hacer caso las trouppés de hombres, acostumbrados a trabajar con otros hombres…era como que muy novedoso y hasta rompedor en el sentido más claro de la palabra. Aparecían mujeres a trabajar, a realizar como parte del proyecto de la televisión de aquel momento, y bueno, eso fue también muy bonito. Ver cómo iban entrando las mujeres, cómo se iban ganando su espacio. Eso se lo tuvieron que ganar a pulso; bueno, como nos la hemos tenido que ganar toda la vida. Poco a poco se ha ido llegando a un punto donde las mujeres tenemos un sitio ganado”, pues “yo creo que efectivamente, los personajes femeninos se han ido aumentando en España, a pesar de lo cual siguen siendo minoritarios respecto a la aportación masculina”, como señaló en otro momento de su amena conversación desarrollada en el cómodo tono de quien se siente a gusto.

“Los hombres, lógicamente, hablan en general de lo que conocen. La problemática masculina a veces está cerca de la femenina, y a veces no. Entonces, las historias se plantean a veces desde un punto de vista masculino”, aclaró. “La suerte que estamos teniendo es que en la medida que la sociedad avanza, digamos que la presencia de la mujer es más clara, más evidente. Si hace treinta años, cuando yo empecé en la televisión, había una o dos mujeres, hoy hay bastantes mujeres que hacen cine, que dirigen cine. Hay quince, veinte mujeres realizadoras, cuyo punto de vista sobre la historia, sobre lo que cuentan, tiene que ver más con la mujer. Lo cual no quiere decir que eliminen al hombre, cuidado. El hombre y la mujer son una misma cosa. Están ahí, están pegados. Lo que pasa es a que la sensibilidad de la mujer o la problemática de la mujer, por el hecho de ser mujer, le ha costado mucho más avanzar, mostrar…en definitiva, plantear lo que siente, lo que piensa, su mundo. Pero yo creo que eso va a cambiar. Está cambiando. Pero lo de la televisión lo encuentro realmente jodido. Se han apoderado de ella los grandes medios, las grandes compañías que tienen una fuerza económica enorme y que efectivamente ven solo los números”.

De una generación mucho más actual, Inma Cuesta igualmente hubo de buscar en la televisión oportunidades para actuar en los inicios de su carrera, y no dejó de aprender. “Yo estudié arte dramático y empecé haciendo teatro musical. De ahí empecé a trabajar en Televisión Española, con una serie que lleva muchísimos años. Era diaria. Yo tenía una formación de teatro y tuve que aprender un poco sobre la marcha los tecnicismos televisivos que no entendía. Pero sí he notado un cambio de hace diez años a ahora, y es muy triste ver cómo todo se convierte de repente en números. Hay grandes series que no se les da la oportunidad de permanecer, porque si no tienen una audiencia determinada pues se retiran. Incluso, en este momento —y esto es algo escalofriante—, cuando van a hacer casting a las actrices o actores, se les mide un poco por el número de seguidores que tienen en sus redes sociales”, señaló. “Y las publicidades también van así”. “Tengo muy buenas amigas actrices que no tienen la posibilidad de acceder a una serie o una película pues no tienen la popularidad necesaria en redes”.

“Yo salí de Águila Roja tras varios años, pues llegó un momento en que no podía abarcar esa inmediatez”, confesó. “Sin embargo, ahora voy a trabajar en una serie en la que me he implicado mucho, donde se le concede importancia a trabajar los guiones, hacer un trabajo de mesa, hacer lecturas. Tiene solo once capítulos y vamos a empezar con siete capítulos leídos. Inés París es la creadora de la serie. Y nos hemos juntado con todo el reparto a leer los guiones tres días seguidos, algo que no me había pasado nunca. Y creo que va a tener otro tipo de proceso. Ahora veo que hay muchas series maravillosas americanas en plataformas como Netflix, pero también existen otros tipos de producciones donde se trabaja más a lo loco”.

Por su parte, Beatriz Valdés comentó que le parecía estar escuchando sus propias problemáticas y conflictos profesionales, pues también “comencé en la televisión haciendo trabajos que me permitieron experiencias que de otra manera no hubiera podido hacer, entiéndanse los clásicos. Crecí con una conciencia de responsabilidad social, porque lo que nosotros hacíamos en televisión era con la responsabilidad que ofrece la posibilidad de una educación cultural. […] Lo que más me ha sorprendido es la irresponsabilidad social de lo que se hace hoy en la televisión”. Acorde con Inma y Marisa, destacó como uno de los principales obstáculos “la inminencia de los resultados, la imposibilidad de detenerse en los procesos, con lo cual las ofertas actorales y las de directores son siempre las mismas. No hay tiempo para elaborar, para crear, para ofrecer un sello personal y hurgar en el proceso. En la actualidad estamos sometidos a la necesidad de producir rápidamente y obtener resultados. Yo llevo mucho tiempo sin trabajar aquí en Cuba. En Venezuela hice personajes extraordinarios, a los que pretendí imponerles muchísimas honduras, pero siempre se violentaba la exigencia de un tiempo. Ahora, por ejemplo, en Estados Unidos, en el caso específico de Miami, si no dominas el acento mexicano no puedes entrar en un marcado que es absoluta y totalmente irresponsable”. Más adelante subrayó: “Tú vez que los temas son completamente extremos, que generan estados alterados, porque son los que más ratings tienen, porque son los que más le interesan a los canales. A mí me parece lamentable y agobiante. Hay muy pocas posibilidades de ofrecer un trabajo con ciertas complejidades”.

Apreciable signo de los tiempos cada vez más deslindados de las subvaloraciones de género, tema que transversalizó de una u otra manera toda la mesa, fue que de 2000 a 2003 Marisa Paredes presidiera la Academia del Cine Español, donde “entré como segunda mujer hasta ese momento. Antes de mí solo había estado Aitana Sánchez Gijón, otra buenísima actriz, compañera nuestra. Y bueno, el hecho de que llegáramos a ser presidentas de una organización profesional que cubre todo: los técnicos, los actores, los directores, fue también un triunfo ¿no?, porque era eso de que: «por primera vez una mujer preside la academia de cine». Eso ya fue como un terremoto. «A ver qué hace». Pues hacemos lo que sabemos —mejor, además—: plantear las cosas desde un punto de vista que no sea tan radical, pero a lo mejor es más astuto, que tenga una estrategia más clara para que llegue a todo el mundo, y nadie se sienta ofendido. […] En cuanto a mi carrera profesional, ocurrió que gané mucho más conocimiento acerca de las problemáticas de todo lo que rodea al mundo del actor, de lo que rodea nuestra profesión. […] Y eso me aportó mucho. Luego, el final de mi mandato tuvo un momento importantísimo, que fue el NO a la guerra en Iraq. Eso fue a través de la Academia en la gala de los premios Goya. Digamos que era una voz unánime del país entero y de muchos otros países. […] Esta es una gala que se hace en directo. […] Se habían hecho unas pequeñas pegatinas que decían «No a la guerra», y desde el inicio, los primeros actores que salieron a anunciar los premios, las llevaron en el pecho. Esto implicó un efecto dominó. No os podéis imaginar lo que significó aquello, porque aunque era una cosa popular y se sabía que había ese sentir en la calle, era como que: «Bueno, señores, estamos en una democracia. Por qué no se puede decir No a la guerra, si no estamos de acuerdo con la guerra». Hemos llegado a esta democracia después de muchísimos años, de muchísima lucha, de muchísimo esfuerzo. Entonces no puede ser que lleguemos a una democracia donde no se pueda decir algo tan claro como «No a la guerra»”.

 

 

 

 

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