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V(D)iva: a su manera

Es probable que de aquí a 50 años los espectadores encuentren en las películas de hoy una Habana gris y no tan colorida. La intención de «oscurecerla» no es un propósito solo de algunos realizadores cubanos, sino también de quienes la visitan o se inspiran en ella. Sucede que las historias contadas no son siempre las más felices, como meras «postalitas comerciales». Los conflictos familiares, políticos, entre otros dramas de nuestra sociedad, a veces resultan imposibles de «colorear»: van en blanco y negro desde la primera toma.
Quizás estos pensamientos acompañasen –desde la primera escena hasta la última– al cineasta irlandés Paddy Breathnach cuando filmó en esta urbe su cinta Viva; o puede ser, por el contrario, que no haya tenido en cuenta ninguno de ellos. Hablada en español y ambientada en una Cuba donde sobresale, generalmente lo escatológico, Viva retoma el tema de la homosexualidad como base fundamental de una historia que ya tiene varias réplicas en el cine. La mirada del irlandés se dirigió hacia el ambiente de un cabaret gay y sus estrellas, divas que cantan por placer, por negocio, o para reafirmar su fuerza sobre el escenario.
La cinta, escrita por Mark O’Halloran, presenta a Jesús, un joven de 18 años en busca de su verdadera identidad. El muchacho quiere convertirse en una estrella de la noche. Tiene sentimientos nobles, alma limpia y muchas necesidades. Se prostituye, aunque no le guste, pues es la forma que encuentra de hacer dinero para comer. En su casa escucha a Elena Burke, Blanca Rosa Gil…, a través de viejos discos que su madre y su abuela le dejaron. Su padre irrumpe entonces en su vida, tras haber estado 15 años en la cárcel por asesinar a una persona, e intentará, de la forma más brutal, revertir los deseos de Jesús.
Se le agradece a Breathnach escoger a la Isla como escenario para su obra, que bien pudo estar ambientada en Puerto Rico o República Dominicana. De Viva el espectador recibirá una fotografía atractiva, sugerente, además de una banda sonora seleccionada al detalle y unas actuaciones que se disfrutan al cien por ciento. Luis Alberto García, por ejemplo –criterio sobre el que existe común acuerdo–, es un actor sin fronteras. Pero verlo en Viva, travestido y sobre el escenario, demuestra que para este intérprete no hay personajes difíciles. Luis Alberto cruza los obstáculos que se le imponen con una facilidad que nadie nota, tan solo él. En Viva nos entrega una Mama –su personaje en la historia– que merece una medalla por el amor, cuidadosamente bordada por el actor para no caer en los clichés vulgares sobre el homosexual. Integran también el elenco Paula Alí –cuya calidad actoral no requiere comentarios–, y un excelente Jorge Perugorría que, tras haber luchado contra toda clase de prejuicios en Fresa y Chocolate, encarna en Viva a un intolerante. Sobresaliente resulta la actuación de Héctor Medina, quien demuestra su capacidad de asumir los riesgos de una cinta como esta sin ningún miedo. Dos sencillas palabras explican su «osadía»: tiene talento.
Producida por el actor Benicio del Toro, la película fue considerada favorita por la Academia de Cine y Televisión Irlandesa (IFTA) para representar al país en la categoría de Película de Habla No Inglesa en los venideros Oscar. Tuvo su estreno mundial en el Festival de Telluride, donde alcanzó gran éxito.
Viva rinde homenaje a las divas de la noche que esconden sus historias amargas y se entregan en un cabaret para revivir a esas reinas de la música cubana como La Lupe, Blanca Rosa Gil, Olga Guillot, Rosa Fornés, Lourdes Torres…. Aunque en escala de grises, no es «otra» película gay, sino el testimonio de una historia que asoma en cualquier esquina, de La Habana o de San Juan.

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