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Landrián vuelve al baile

Nicolasito le decían. Quizá por ser sobrino de Nicolás. Del viejo gran poeta Nicolás Guillen. O tal vez para comenzar a disminuirlo por el nombre hasta su obra. Diminuto favor a la cinematografía nacional. Mayúscula torpeza. Mayúsculas como con las que firmaba el cineasta: Guillen Landrián. Mayúscula su poética (que hasta la reflejó en letras). Lo sabían la gente En un barrio viejo, lo notó Ociel en el Toa, y los obreros del Cordón de la Habana. Los del baile sin detenerse lo percibieron y hasta Bernabé Ordaz en el Hospital Psiquiátrico de Mazorra lo sospechó.

Nicolás Guillen Landrián es uno de los maestros del documental reflexivo en el cine cubano. Con su ritmo de pensamiento “inequívoco e inapresable”, con su hacer “demasiado creativo, demasiado negro, demasiado popular”, demasiado genio. Landrián era demasiado para los cánones del ICAIC en los años 60 del siglo XX. Fue enviado a los campos de trabajo de Isla de Pinos entre 1965 y 1966. Y regresó al instituto de cine para dirigir Coffea Arabiga:

“Lo que en un principio iba a ser un simple documental didáctico en torno al cultivo del café, se convierte en un ejercicio irreverente de creación. Como si de un collage se tratara, el director incorpora las más variadas técnicas (foto-fija, imágenes de archivo) combinado con un uso de la música donde no faltan ni siquiera Los Beatles, prohibidos por aquella época en la radio nacional”, refleja la sinopsis de la ENDAC sobre este material.

Es decir, Landrián no pudo evitar hacer un cortadito ante tanto grano a su disposición. Ponerle su leche (así como suena). Una bebida añejada 36 años, hasta que el estudiante español de la EICTV, Manuel Zayas, volviera a servirnos el Café con leche de Nicolás. Documental que continuó el ciclo abierto por la primera Muestra Joven del ICAIC del 2000 donde comenzó el rescate de la figura del cineasta.

“Yo trataba de hacer un cine que no fuese igual a lo demás, que no coincidiera con lo demás, que fuera un cine muy personal (…) La imagen era más importante que la palabra en sí. Me interesaba elaborar la imagen a través de un lenguaje nuevo, un lenguaje atrevido, interesante para el espectador.», dijo el autor de Taller de Línea y 18.

“¿Ustedes están de acuerdo?”, preguntaba intermitentemente el documentalista entre una intervención y otra de la asamblea obrera. Una vez cuestionados, a los trabajadores les encantó verse en pantalla grande, pero a la máxima dirección del ICAIC no. Era 1971 y a Guillén Landrián lo expulsaban de la industria de cine en Cuba.

Electroshock, esquizofrenia, hasta el exilio hacia Miami en 1989 marcaron su posterior derrotero. Postrero regresó a la pintura, su origen en las artes desde la infancia entre Camagüey y La Habana. Escribió poesía Para “El Diario”, porque “las aves emigran/ los hombres emigran/ a veces el paladar nos hace la lengua/ pegada al cielo de la boca/ y un sinfín de por qué? Y para qué? / Y una atenazada necesidad de reír/ por cualquier cosa, ante el inmenso vaho/ de esta ciudad de mierda”.

Entonces para el 2001 quiso comunicar que estaba en Miami. “Que estaba vivo y haciendo cine (…) es como una necesidad mía de demostrarme que podía realizar cine todavía”, le confesó a Zayas. Y así surgió Inside Down Town, filmado con una cámara digital. Su último documental.

Los rollos de sus anteriores trabajos entre 1962 y 1972 (más de una decena) se deterioraban en las bóvedas del ICAIC. Zayas para Café con Leche pudo telecinear (digitalizar) los que aparecieron. Además, en la Segunda Muestra Joven se preparó un ciclo de parte de su obra. Así como en una detonación planificada fueron cayendo los muros para acercarse al cine de Guillen Landrián. Veinte años después, el director cubano Ernesto Daranas está al frente de un proyecto de restauración en España de cinco documentales: En un barrio viejo, Ociel del Toa, Los del Baile, Coffea Arabiga e Inside Down Town.

Escribió Dean Luis Reyes que, para el cineasta, la necesidad de hablar de su sociedad lo incitaba a violar las convenciones del documental: la cámara es revelada continuamente, sin reservas; no hay una sola de sus obras donde la gente no nos mire a los ojos. En el 43 Festival de Cine de La Habana se espera que el cineasta nos vuelva a mirar a los ojos. Quizá como Nicolasito, como Guillen Landrián o tal vez como el Barón Rampante de Ítalo Calvino “que era un solitario que no huía de la gente, se diría, que, por el contrario, solo la gente le interesaba”.

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